“¡Señor mío y Dios mío!”
LA PALABRA CADA DÍA
XIII Semana. Tiempo Ordinario
“¡Señor mío y Dios mío!”
Viernes, 3 de julio de 2026
Color: ROJO
Primera lectura: Am 7,10-17
Lectura del Profeta Amós
En aquellos días, Amasías, sacerdote de «Casa-de-Dios», envió un mensaje a Jeroboam, rey de Israel: «Amós conjura contra ti en medio de Israel; la tierra ya no puede soportar sus palabras. Porque así predica Amós: “Morirá a espada Jeroboam. Israel saldrá de su país al destierro».
Dijo Amasías a Amós: «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa-de-Dios», porque es el santuario real, el templo del país».
Respondió Amós: «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”. Y, ahora, escucha la palabra del Señor: Tú dices: “No profetices contra la casa de Israel, no prediques contra la casa de Isaac”. Pues bien, así dice el Señor: “Tu mujer será deshonrada en la ciudad, tus hijos e hijas caerán a espada; tu tierra será repartida a cordel, tú morirás en tierra pagana, Israel saldrá de su país al destierro».
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 18,8.9.10.11
R/. Los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos
La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. R/.
Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. R/.
La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R/.
Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila. R/.
Evangelio: Mt 9,1-8
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados». Algunos de los escribas se dijeron: «Éste blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados están perdonados”, o decir: “Levántate y anda”? Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados -dijo dirigiéndose al paralítico-: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa». Se puso en pie, y se fue a su casa. Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
Palabra del Señor
“¡Señor mío y Dios mío!”
Hay momentos en los que la fe se tambalea y surgen preguntas profundas: ¿cómo creer sin ver?, ¿cómo confiar en medio de la duda?, ¿cómo sostener la esperanza cuando el corazón necesita pruebas? La experiencia de Tomás se parece mucho a la nuestra: un deseo sincero de creer, acompañado de una lucha interior que busca certezas.
La Palabra de hoy nos muestra que la fe no nace de la perfección, sino del encuentro. Tomás no es rechazado por sus dudas; al contrario, es alcanzado por la misericordia de Cristo, quien sale a su encuentro y le ofrece precisamente aquello que necesitaba para creer. En ese momento, su incredulidad se transforma en una de las confesiones de fe más profundas del Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». Así comprendemos que la fe madura cuando el corazón se abre a la presencia viva de Jesús.
Esta experiencia no es individual ni aislada. Formamos parte de una historia mucho más grande: hemos sido edificados sobre el testimonio de los apóstoles, hombres que, como Tomás, pasaron de la duda a la certeza y del temor a la misión. Sobre ese fundamento se edifica una comunidad viva, en la que cada persona tiene un lugar y donde ya no somos extraños ni forasteros, sino miembros de la familia de Dios. Nuestra fe se apoya en ese testimonio apostólico y se fortalece en la vida compartida de la Iglesia.
En este camino de santidad que recorremos como Iglesia, se nos recuerda que no estamos solos. Somos parte de un pueblo que camina unido, sostenido por la fidelidad inquebrantable de Dios. La fe que profesamos no es solo una convicción interior, sino una realidad que nos integra, nos fortalece y nos envía. Como Tomás, también nosotros estamos llamados a pasar del «necesito ver» al «confío y me entrego».
Pero esa fe no puede guardarse para uno mismo: está llamada a ser anunciada. La alegría de creer nos impulsa a salir al encuentro de los demás y a proclamar que el Señor está vivo, que su misericordia permanece para siempre y que continúa transformando vidas. Desde nuestro Bautismo, hemos sido enviados a ser testigos del Resucitado, no porque tengamos todas las respuestas, sino porque hemos encontrado a Aquel que da sentido pleno a nuestra existencia.
Hoy, al igual que Tomás, podemos acercarnos a Cristo con nuestras dudas, heridas e incertidumbres y permitir que Él las transforme. Jesús no se impone; se ofrece con paciencia y amor. Y en ese encuentro personal con el Resucitado, nuestro corazón podrá reconocerlo y proclamar con plena convicción: «¡Señor mío y Dios mío!». Así comenzará en nosotros un camino de fe cada vez más profundo, más libre y más auténtico.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍

