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Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre!

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Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre!

LA PALABRA CADA DOMINGO

XIV Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 5 de julio del 2026

Color: VERDE

Primera Lectura: Zac 9, 9-10
Lectura del Libro de Zacarías

Así dice el Señor: «Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra”.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14

R/. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. R/.
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R/.
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. R/.

Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos

Hermanos: Ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.
Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si viven según la carne, van a la muerte; pero si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán.

Palabra de Dios

Aleluya Cf. Mt 11,25
Bendito eres Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has revelado los misterios del reino a la gente sencilla.

Evangelio: Mateo 11, 25-30
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán su descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Palabra del Señor


“Dios se acerca con humildad, ofrece descanso a los fatigados”

La Palabra de Dios de este domingo nos presenta un modo de actuar que rompe nuestros esquemas y desafía nuestras expectativas. El pueblo de Israel esperaba un rey fuerte, imponente y poderoso, capaz de vencer a sus enemigos por la fuerza de las armas. Sin embargo, la promesa de Dios revela un rey humilde y cercano, que no viene sembrando violencia, sino anunciando la paz. Su verdadera fuerza no reside en el poder humano, sino en la justicia, la mansedumbre y el amor.
Este modo de actuar manifiesta el corazón mismo de Dios. No es un rey que gobierna desde la distancia o que impone su autoridad por la fuerza; es un Dios que se hace cercano, sostiene al débil, levanta al caído y acompaña a quienes más lo necesitan. Por eso el salmista lo proclama como un Dios bueno, misericordioso y fiel, que nunca abandona a sus criaturas, sino que cuida con especial ternura de quienes están cansados y agobiados.
Ese cansancio no es únicamente físico. Es también el peso de las preocupaciones, de las luchas cotidianas, de las heridas, de las incertidumbres y de las cargas que muchas veces llevamos en silencio. En ese contexto, el Evangelio resuena como una invitación llena de esperanza: acercarnos a Jesús. Él no nos llama para imponernos nuevas cargas, sino para enseñarnos un modo diferente de vivir, marcado por la confianza, la paz y la libertad interior.
La clave de esta invitación está en el corazón de Cristo, que es «manso y humilde». Solo quien aprende a hacerse pequeño puede reconocer la presencia de Dios y dejarse transformar por su gracia. Por eso, la revelación del Padre no se concede a quienes creen saberlo todo o confían únicamente en sus propias fuerzas, sino a los sencillos, a quienes reconocen su necesidad de Dios y lo buscan con un corazón sincero.
San Pablo ilumina esta realidad desde una perspectiva aún más profunda. Nos recuerda que la vida cristiana no consiste únicamente en cambiar algunas conductas externas, sino en dejarnos renovar interiormente por la acción del Espíritu Santo. Vivir según el Espíritu significa abandonar todo aquello que conduce a la muerte del corazón —el egoísmo, el pecado y la autosuficiencia— para abrirnos a una existencia nueva, llena de sentido, esperanza y plenitud.
Las lecturas de este domingo convergen en un mismo mensaje: Dios se acerca con humildad, ofrece descanso a los fatigados y comunica una vida nueva a quienes abren su corazón. Él no impone su amor ni obliga a nadie a seguirlo; invita con delicadeza, llama con paciencia y levanta con misericordia.
En este camino de santidad que recorremos como Iglesia, estamos llamados a asumir el mismo estilo de Cristo: caminar con humildad, dejarnos conducir por el Espíritu Santo y acercarnos al Señor con todas nuestras cargas y preocupaciones. La sinodalidad se hace concreta cuando aprendemos a caminar juntos, sosteniéndonos mutuamente y compartiendo las alegrías y las dificultades de la vida cristiana.
Hoy el Señor pasa a nuestro lado, no con estruendo ni imponiendo su presencia, sino con la suavidad y la ternura propias de quien ama de verdad. Nos dirige una invitación sencilla y profundamente transformadora: acercarnos a Él, confiar plenamente en su amor y aprender de su corazón manso y humilde. Porque solo en Cristo encontramos el descanso, la paz y la plenitud que nuestro corazón anhela.

(Guía Mensual)

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que mora en nosotros” ✍

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