Nacionales

Señor, guíame con tu justicia

admin 6 min de lectura 52
Señor, guíame con tu justicia

LA PALABRA CADA DÍA

XXIII Semana. Tiempo Ordinario

“La Palabra que transforma y sana el corazón”

Lunes, 7 de septiembre de 2026

Color: VERDE

Primera lectura: 1Cor 5,1-8
Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios

Hermanos: Se sabe de buena tinta que hay un caso de unión ilegítima en su comunidad, y tan grave que ni los gentiles la toleran: me refiero a ése que vive con la mujer de su padre.
¿Y todavía tienen humos? Estaría mejor ponerse de luto y pidiendo que el que ha hecho eso desaparezca de su grupo. Lo que soy yo, ausente en el cuerpo, pero presente en espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera presente: reunidos ustedes en nombre de nuestro Señor Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregar al que ha hecho eso en manos del diablo; humanamente quedará destrozado, pero así la persona se salvará en el día del Señor.
Ese orgullo de ustedes no tiene razón de ser. ¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barran la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que son panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebramos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 5,5-6.7.12

R/. Señor, guíame con tu justicia

Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R/.
Detestas a los malhechores, destruyes a los mentirosos; al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor. R/.
Que se alegren los que se acogen a ti, con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu nombre. R/.

Evangelio: Lc 6,6-11
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas

Un sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar sobre qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: «Levántate y ponte ahí en medio». Él se levantó y se quedó en pie. Jesús les dijo: «Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?» Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: «Extiende el brazo». Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor


“La Palabra que transforma y sana el corazón”
En la primera carta a los Corintios (1 Cor 5, 1-8), san Pablo exhorta a la comunidad a apartar de su vida todo aquello que corrompe el Evangelio. Utiliza la imagen de la levadura para recordar que un poco de mal puede afectar a toda la comunidad; por eso, invita a vivir como una masa nueva, purificada por Cristo, nuestra Pascua.
El Salmo 5 expresa el deseo de permanecer en la presencia de Dios con un corazón sincero: el Señor se alegra de quienes buscan la justicia y se refugian en Él.
En el Evangelio según san Lucas (Lc 6, 6-11), Jesús cura en sábado a un hombre que tenía la mano paralizada. Con este gesto enseña que la voluntad de Dios siempre favorece la vida, la restauración y el bien de las personas. La verdadera observancia de la ley conduce, inevitablemente, al amor y a la misericordia.
En este Mes de la Biblia, estas lecturas nos recuerdan que la Palabra de Dios no está hecha solo para ser leída, sino para transformar nuestra vida. La Escritura nos llama a dejar aquello que nos aleja de Dios, a practicar el bien sin excusas y a permitir que Cristo sane nuestras propias "manos paralizadas": nuestros miedos, indiferencias y faltas de amor.
Que este tiempo sea una oportunidad para escuchar con mayor atención la voz del Señor y dejar que su Palabra renueve nuestro corazón y nuestras comunidades.
Señor, que tu Palabra sea luz para nuestros pasos. Purifica nuestro corazón, fortalece nuestra voluntad para hacer el bien y sana todo aquello que nos impide amar como Tú amas. Amén.

Palabra del Señor


“Seguidores y enviados: El legado vivo de San Bartolomé”

San Ramón, a quien la liturgia recuerda hoy, nació en el seno de una familia noble en Portell (España) en el año 1200. Recibió el sobrenombre de non natus (no nacido) debido a que su madre falleció durante el parto. Con la venia de su padre, ingresó en la naciente Orden de los Mercedarios, haciendo su profesión religiosa ante el propio fundador, san Pedro Nolasco. Consagró su vida a socorrer y rescatar cautivos en África, entregándose por completo a ellos aun a riesgo de su salud. Murió a los treinta y seis años, el 31 de agosto de 1240, víctima de una repentina fiebre en Cardona.
Asimismo, celebramos hoy con alegría el 485.º aniversario de la dedicación de la Catedral Primada de América, casa madre de la Iglesia dominicana.
La Liturgia de la Palabra nos exhorta a proclamar el Evangelio con humildad y unción. San Pablo nos recuerda en la primera lectura que su anuncio no se basó en la «persuasiva sabiduría humana», sino en la manifestación y el poder del Espíritu de Dios. En sintonía, el Salmo nos mueve a exclamar: «¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!», reconociendo que la verdadera sabiduría proviene del Padre y nos aleja del error.
Por otro lado, san Lucas relata el regreso de Jesús a Nazaret, su pueblo natal. Al proclamar las Escrituras en la sinagoga, revela que la promesa divina se cumple en su persona. A pesar del rechazo inicial y de la amenaza de ser despeñado, Jesús sigue su camino, pues su hora no había llegado.
Que sepamos acoger la voz de Cristo con un corazón abierto y valiente, sin apartarnos de Dios ni de nuestros hermanos. Hemos sido ungidos para llevar vida abundante a nuestras comunidades, haciendo nuestras las palabras de Benedicto XVI en Aparecida: «¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo» (Doc. de Aparecida, 15).

(Guía Litúrgica)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍