“Revístanse del amor que es vínculo de la perfección, y sean agradecidos» (Col 3,12-15)

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LA PALABRA CADA DÍA

XX Semana. Tiempo Ordinario

“Revístanse del amor que es vínculo de la perfección, y sean agradecidos» (Col 3,12-15)

Color: VERDE

Jueves, 18 de agosto del 2022

Primera lectura: Ez 36, 23-28
Lectura del Profeta Ezequiel

Así dice el Señor: “Mostraré la santidad de mi nombre grande, profanado entre los gentiles, que ustedes han profanado en medio de ellos; y conocerán los gentiles que yo soy el Señor -oráculo del Señor-, cuando les haga ver mi santidad al castigarlos.
Los recogeré de entre las naciones, los reuniré de todos los países, y los llevaré a su tierra. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará: de todas sus inmundicias e idolatrías los he de purificar. Y les daré un corazón nuevo, y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu, y haré que caminen según mis preceptos, y que guarden y cumplan mis mandatos. Y habitarán en la tierra que di a sus padres. Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios.”

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 50, 12-13.14-15.18-19

R/. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará de todas sus inmundicias

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. R/.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. R/.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. R/.

Evangelio: Mt 22, 1-14
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

En aquel tiempo volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir.
Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda”. Los convidados no hicieron caso, uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren convídenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los camareros: “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Palabra del Señor


“Revístanse del amor que es vínculo de la perfección, y sean agradecidos» (Col 3,12-15)

En el Evangelio para hoy, Jesús nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios. La invitación tiene tres características: la gratuidad, la generosidad, la universalidad. Son muchos los invitados, pero sucede algo sorprendente: ninguno de los escogidos acepta participar en la fiesta, dicen que tienen otras cosas que hacer; es más, algunos muestran indiferencia, extrañeza, incluso fastidio.
Algunos invitados maltratan y matan a los siervos que entregan las invitaciones. Pero, no obstante, la falta de adhesión de los llamados, el proyecto de Dios no se interrumpe. Ante el rechazo de los primeros invitados Él no se desalienta… y manda a sus siervos a los parques y a los cruces de caminos a reunir a todos los que encuentren.
Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a «los cruces de los caminos», por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.
Ante la invitación del Señor, a veces nos puede pasar -como a los invitados de la boda- el estar ocupados en nuestros asuntos y mostrarnos indiferentes a su llamada. ¿Cuántas veces postergamos, por ejemplo, el acercarnos al Sacramento de la Confesión o el realizar una obra de caridad, ayudando al necesitado o acompañando al que sufre?
Cuando Dios habla, espera nuestra respuesta. Él quiere contar activamente con nosotros. Su amor espera ser acogido en nuestras vidas y compartido con los demás, especialmente con los que están alejados.
Lo que pretende el padre de la parábola es agradar y festejar al hijo en su boda. Por eso, porque el hijo es el criterio y la medida para sentar o no a nuevos invitados, hay que examinar nuestros trajes, es decir, nuestra vida.
Y quien nos da la clave en esto es san Pablo: «revístanse, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor los ha perdonado, perdónense también ustedes. Y por encima de todo esto, revístanse del amor que es vínculo de la perfección, y sean agradecidos» (Col 3,12-15).
Este es el traje de fiesta propio del cristiano. Los que andan ocupados en otras cuestiones secundarias y en otros telares, jamás entenderán esta vestimenta evangélica sin la cual no puede uno entrar en la Boda del Hijo de Dios.

(Guía Mensual)

“Que el Dios de la vida y dador de vida te cubra con su alegría y con su paz”✍