Nacionales

¡Qué dulce, Señor, es al paladar tu promesa!

admin 5 min de lectura 46
¡Qué dulce, Señor, es al paladar tu promesa!

LA PALABRA CADA DÍA

XIX Semana. Tiempo Ordinario

“El centro del Reino: Los pequeños, los pobres y la ternura del Padre”

Martes, 11 de agosto de 2026

Color: BLANCO

Primera lectura: Ez 2,8-3,4
Lectura del Profeta Ezequiel

Así dice el Señor: «Tú, hijo de Adán, oye lo que te digo: ¡No seas rebelde, como la Casa Rebelde! Abre la boca y come lo que te doy.»
Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.
Y me dijo: «Hijo de Adán, come lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la Casa de Israel.» Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: «Hijo de Adán, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy.» Lo comí, y me supo en la boca dulce como la miel.
Y me dijo: «Hijo de Adán, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 118,14.24.72.103.111.131

R/. ¡Qué dulce, Señor, es al paladar tu promesa!

Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas. R/.
Tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. R/.
Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. R/.
¡Qué dulce al paladar tu promesa: más que miel en la boca! R/.
Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón. R/.
Abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos. R/.

Evangelio: Mt 18,1-5.10.12-14
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?
Él llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: «Les digo que, si no vuelven a ser como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué les parece? Supongan que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, les aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo su Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños».

Palabra del Señor


“El centro del Reino: Los pequeños, los pobres y la ternura del Padre”

«¡Qué dulce al paladar es tu palabra, Señor!». Con estas hermosas palabras del salmista recordamos hoy la riqueza de la Escritura al celebrar la memoria de santa Clara. Ella, hermosa flor de Dios que siguió los pasos del humilde san Francisco, se desposó con Cristo en pureza y fidelidad, haciendo honor a lo que de ella se dijo: «Clara de nombre, clara en la vida y clarísima en la muerte».
La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos invita a vencer la rebeldía y a recibir con docilidad la Palabra de Dios, bálsamo que nos rescata del pecado y da vida al mundo. Confiados en ella caminamos sin temor y hallamos la fuerza para levantarnos tras cada caída y continuar las sendas de la fe.
En el Evangelio, los discípulos preguntan a Jesús quién es el más importante en el Reino de los Cielos, revelando lo poco que habían comprendido su mensaje. Jesús les responde poniendo a un niño en medio: la verdadera grandeza no está en la autopromoción ni en el interés propio, sino en el servicio, el perdón, el amor gratuito y la sencillez de corazón. Ese fue precisamente el camino que abrazó santa Clara.
Para Jesús, los «pequeños» no son solo los niños, sino también los pobres y los olvidados. Ellos deben ocupar el centro de nuestra comunidad, pues «el Padre no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños» (Mt 18, 14).
La infancia espiritual nos invita a una confianza ilimitada en el Padre, cuyo amor busca al extraviado y nos rescata de todo mal. Vivamos con la sencillez de un niño ante Dios para experimentar la ternura y la fuerza renovadora de su Espíritu.

(Guía Litúrgica)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍