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“Jesús enseña a los suyos que tienen que ser como Él” (Jn 13,16-20)

LA PALABRA DIARIA

Jueves, IV Semana de PASCUA

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Color: BLANCO

29 de abril de 2021

Memoria Obligatoria: Santa Catalina de Siena, Virgen y Doctora de la Iglesia

Primera Lectura: Hc 13,13-25
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles

En aquellos días, Pablo y sus compañeros se hicieron a la vela en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran: «Hermanos, si quieren exhortar al pueblo, hablen».
Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:
«Israelitas y los que temen a Dios, escuchen: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 88,2-3.21-22.25.27
R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad». R/.
Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. R/.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora». R/.

Evangelio: Jn 13,16-20
Lectura del santo evangelio según san Juan

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos les dijo: «Les aseguro: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica. No lo digo por todos ustedes; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Se lo digo ahora, antes que suceda, para que cuando suceda crean que yo soy.
Se lo aseguro: el que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado».

Palabra del Señor


“Jesús enseña a los suyos que tienen que ser como Él” (Jn 13,16-20)

Pablo ha iniciado su entusiasta misión fuera de Jerusalén: presenta a Jesús en continuidad con la obra del Padre, mostrando su llegada como la culminación de aquella historia coronada ahora con la muerte y resurrección del Hijo. Más tarde veremos las reacciones y las dificultades que tendrá el apóstol en el enfrentamiento con las autoridades y los grupos tradicionales.
El Evangelio de este día presenta el texto del capítulo 13 de San Juan, en el cual se nos narra la “última cena”, el lavado de los pies y el anuncio de la traición de Judas. Jesús enseña a los suyos que tienen que ser como Él: el servidor como el Señor, el enviado como el que lo envía. Así el discípulo será otro Cristo que, con su actuar, testimoniará la presencia del mismo Jesús y, encontrando a Jesús, descubrirá al Padre Dios.
La felicidad del discípulo consiste en poner en práctica el ejemplo de Jesús: lavar los pies es servir a los demás, servir con alegría. Sólo el testimonio fiel, convincente y alegre de los discípulos puede mostrar al mundo que, en la persona de Jesús, en su enseñanza, en su cercanía con los pobres, en su misericordia para con los pecadores, en su promesa de felicidad, en su fidelidad al Padre, en su pasión, en su muerte y en su resurrección está la palabra definitiva de Dios para el mundo.
Estemos claros: estamos unidos a Jesús en su misión. Nosotros, como Él, hemos sido enviados. Él fue enviado por el Padre y nosotros por Cristo. Lo mismo que Jesús permaneció fiel y obediente hasta la muerte a nosotros se nos exige el cumplimiento fiel de su voluntad, ya que la misión en definitiva no es nuestra.
Jesucristo nos ha traído una Buena Nueva; nosotros –como enviados de Cristo- tenemos que hacer exactamente lo mismo. Sintámonos alegres de ser contados entre los discípulos misioneros de Jesús.

(Guía Mensual)

El “Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu”✍

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