EL FEMINICIDIO, LA HIPOCRESÍA INSTITUCIONAL Y LOS FALSOS REDENTORES DE LA MUJER (Fragmento de otro de mis ensayos) Por: Juan C. Benzán

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Hoy, al igual que ayer, continúan desangrándose los hogares dominicanos bajo el espectro aterrador del feminicidio, del maltrato físico, psicológico y emocional contra la mujer; mientras desde cómodos despachos oficiales y desde privilegiadas tribunas políticas se pronuncian discursos ampulosos que, en innumerables ocasiones, terminan siendo simples ejercicios de retórica burocrática desprovistos de resultados tangibles.
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La sociedad dominicana contempla con estupor cómo, pese a las cuantiosas inversiones destinadas a organismos especializados, campañas publicitarias, proyectos institucionales y estructuras estatales creadas supuestamente para proteger la dignidad femenina, siguen multiplicándose los casos de violencia contra nuestras mujeres. Ello obliga moral e intelectualmente a formular una pregunta inevitable: ¿ha fracasado el modelo preventivo implementado por el Estado dominicano?
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Criticar la ineficacia institucional no implica jamás desconocer la noble finalidad que inspira la defensa de los derechos de la mujer. Muy por el contrario: precisamente porque la mujer merece respeto absoluto, protección auténtica y dignidad plena, resulta impostergable desenmascarar a quienes han convertido tan delicada causa humana en instrumento político, plataforma ideológica, negocio presupuestario o mecanismo de figuración pública.
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Existen falsos defensores de la mujer que en escenarios públicos se presentan como redentores sociales, mientras en la intimidad del poder mancillan la dignidad femenina mediante el abuso psicológico, el acoso, la manipulación emocional o el aprovechamiento de posiciones privilegiadas para obtener favores y someter voluntades. Son mercaderes de causas humanas, traficantes del discurso moral y sepultureros silenciosos de la verdadera equidad.
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La tragedia del feminicidio no podrá ser enfrentada exclusivamente mediante consignas, incrementos de penas ni multimillonarias campañas propagandísticas. El problema es mucho más profundo. Tiene raíces culturales, educativas, psicológicas, familiares y éticas.
Es indispensable educar tanto al hombre como a la mujer acerca de sus derechos y deberes recíprocos; formar generaciones capaces de comprender que el amor jamás otorga derecho de propiedad sobre otro ser humano; enseñar que ninguna decepción sentimental, traición afectiva o ruptura de pareja constituye causa justificable para la violencia.
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La separación digna siempre será más humana que la agresión, y el alejamiento oportuno infinitamente más noble que el odio criminal.
La liberación femenina constituye una conquista legítima, histórica e irrenunciable de la civilización moderna. Toda mujer posee pleno derecho a decidir sobre su vida, sus aspiraciones, su destino profesional, intelectual, político y humano. Sin embargo, toda libertad humana —sea masculina o femenina— pierde nobleza cuando se divorcia de la responsabilidad moral, del respeto recíproco y de la prudencia que exige la convivencia social.
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La libertad es un derecho sagrado; el libertinaje, en cambio, representa la degradación de la libertad misma. Y dicho principio no distingue sexos, porque resulta aplicable igualmente al hombre, a la mujer e incluso a los pueblos cuando confunden democracia con desenfreno o emancipación con ausencia absoluta de límites éticos.
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Las inmortales Hermanas Mirabal jamás lucharon por el libertinaje ni por la degradación moral de la sociedad dominicana. Lucharon por la libertad, por la dignidad humana y por la liberación de una patria sometida bajo las garras sangrientas del tirano Rafael Leónidas Trujillo Molina. Su sacrificio constituye uno de los símbolos más puros de valor moral y de dignidad femenina en la historia nacional.
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Invocar el nombre de Las Mariposas exige altura moral, porque la grandeza de su sacrificio no puede servir de refugio para la degradación ética, para el oportunismo social ni para la manipulación ideológica de quienes pretenden utilizar una causa sagrada como patente de corso para justificar conductas incompatibles con la prudencia, la honestidad y la responsabilidad humana.
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Las Hermanas Mirabal no entregaron sus vidas para fomentar confrontaciones irracionales entre hombres y mujeres, ni para alimentar odios disfrazados de reivindicación social. Su lucha estuvo abrazada a la libertad auténtica, a la dignidad de la patria y al respeto de la condición humana, principios que jamás podrán coexistir con la hipocresía, el resentimiento o la degradación moral.
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Mientras continúe predominando la hipocresía institucional; mientras existan funcionarios más interesados en administrar presupuestos que en salvar vidas; mientras algunos utilicen el dolor femenino como mercancía ideológica; mientras no se fortalezca la educación emocional y ética desde la familia y las escuelas; mientras no se enseñe que ninguna relación amorosa convierte a una persona en propiedad de otra, la lucha contra el feminicidio seguirá transitando peligrosamente las lúgubres riberas de la utopía.
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No basta con crear ministerios, direcciones, oficinas y campañas publicitarias revestidas de aparente sensibilidad social, cuando muchas veces la realidad cotidiana demuestra la ausencia de políticas verdaderamente preventivas y de educación integral orientada a la formación ética del ciudadano. La protección de la mujer no debe convertirse en un simple instrumento burocrático ni en un lucrativo escenario de protagonismos políticos, sino en un compromiso humano auténtico sustentado en resultados concretos y verificables:

Ningún hombre tiene derecho a maltratar o asesinar a una mujer.

Ninguna mujer merece vivir enjaulada bajo el miedo y la amenaza.

La dignidad humana no admite distinción de sexo…


Prof. Juan C. Benzán
Obrero de la literatura
San Juan de la Maguana
República Dominicana.