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LA PALABRA CADA DÍA
VIII Semana. Tiempo Ordinario
“Los primeros puestos”
Miércoles, 27 de mayo de 2026
Color: VERDE/BLANCO
Primera Lectura: 1Pe 1,18-25
Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pedro
Queridos Hermanos: Ya saben con qué los rescataron de ese proceder inútil recibido de sus padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por su bien. Por Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así han puesto en Dios su fe y su esperanza. Ahora que están purificados por su obediencia a la verdad y han llegado a quererse sinceramente como hermanos, ámense unos a otros de corazón e intensamente. Miren que han vuelto a nacer, y no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la Palabra de Dios viva y duradera, porque «toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, la flor se cae; pero la Palabra del Señor permanece para siempre.» Y esa palabra es el Evangelio que les anunciamos.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 147,12-13.14-15.19-20
R/. Glorifica al Señor, Jerusalén
Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sion: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.
Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. R/.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos. R/.
Evangelio: Mc 10,32-45
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos
En aquel tiempo, los discípulos iban subiendo camino de Jerusalén, y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extrañaban, y los que seguían iban asustados. Él tomó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: «Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué quieren que haga por ustedes?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó: «No saben lo que piden, ¿son capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Lo somos» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y se bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Ustedes, nada de eso: el que quiera ser grande, sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».
Palabra del Señor
“Los primeros puestos”
El Señor Jesucristo emprendía su último camino hacia Jerusalén, donde le esperaba la cruz. Aunque conocía con claridad lo que iba a suceder, avanzaba con firme determinación, decidido a cumplir la voluntad del Padre, sin importar el costo. En ese recorrido, enseñaba a sus discípulos que el Reino de Dios no se establecería mediante el poder humano, sino a través de la entrega, el sacrificio y el amor llevado hasta el extremo.
Sin embargo, los discípulos escuchaban, pero no comprendían plenamente. Sus expectativas estaban marcadas por una visión humana: soñaban con un reino de gloria visible, de poder y prestigio, y aspiraban a ocupar los primeros puestos. Les resultaba difícil aceptar que el camino del Mesías pasaba por la cruz y no por el triunfo inmediato. Así, mientras Jesús hablaba de entrega, ellos pensaban en privilegios.
La cercanía de la cruz hacía más intensa la angustia interior del Señor. Él anticipaba el dolor de Getsemaní y del Calvario, pero no retrocedía. Su entrega no fue fruto del azar ni de un fracaso, sino una decisión libre, consciente y amorosa, inscrita en el plan de salvación. En Jesús no hubo improvisación: su muerte fue una ofrenda voluntaria por amor.
A pesar de estas claras enseñanzas, los discípulos seguían sin entender (cf. Lc 18,34), pues sus corazones estaban ocupados por ambiciones personales. La petición de Santiago y Juan revela esta misma debilidad: buscar honor y reconocimiento antes que servicio. Esta actitud también ilumina nuestras propias oraciones, que muchas veces se centran en el bienestar personal, evitando el sacrificio y olvidando las exigencias del Reino.
Hoy, esta tentación sigue presente. Incluso dentro de la Iglesia, algunos buscan posiciones de prestigio o beneficio personal, olvidando que la verdadera grandeza está en el servicio humilde, especialmente a los más pobres y necesitados.
Por eso, este pasaje nos invita a una revisión sincera de vida. Seguir a Cristo implica renunciar al egoísmo y asumir el camino de la cruz. Solo así podremos comprender su Reino y vivir según su lógica, donde servir es reinar y entregarse es vencer.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍

