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Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

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Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

LA PALABRA CADA DÍA

XVI Semana. Tiempo Ordinario

“La verdadera grandeza se encuentra en el servicio”

Sábado, 25 de julio de 2026

Color: ROJO

Primera lectura: 2Cor 4,7-15
Lectura de la Segunda Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios

Hermanos: El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan. Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en ustedes.
Tenemos el espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con ustedes. Todo es para su bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 66,2-3.5.7-8

R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine tu rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. R/.
Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. R/.
La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe. R/.

Evangelio: Mt 20,20-28
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?» Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó: «No sabes lo que pides. ¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Contestaron: «Lo somos». Él les dijo: «Mi cáliz lo beberán; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser primero entre ustedes, que sea su esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor


“La verdadera grandeza se encuentra en el servicio”
La fiesta de Santiago Apóstol nos presenta el verdadero camino del discípulo: un camino que no se edifica sobre el poder, sino sobre la entrega.
En el Evangelio aparece un deseo profundamente humano: ocupar un lugar importante, alcanzar reconocimiento y llegar a los primeros puestos. Sin embargo, Jesús responde con una lógica completamente distinta a la del mundo. La verdadera grandeza no consiste en dominar, sino en servir; no radica en ser reconocido, sino en entregarse con generosidad.
Seguir a Cristo implica beber su cáliz, es decir, asumir una existencia marcada por la cruz, por el amor que se dona hasta el extremo y por la entrega generosa de la propia vida. Santiago comprendió esta enseñanza no solo con sus palabras, sino, sobre todo, con el testimonio de su vida, sellada finalmente con el martirio.
Esta realidad encuentra un profundo eco en la imagen que presenta san Pablo: somos vasijas de barro que contienen un tesoro inmenso. Nuestra fragilidad no desaparece, pero se convierte en el lugar donde se manifiesta la fuerza de Dios. Las dificultades, las pruebas y las limitaciones no son necesariamente un signo de fracaso, sino una oportunidad para que la vida de Cristo resplandezca en nosotros.
Así, el discípulo vive una paradoja permanente: es débil, pero sostenido por la gracia; es probado, pero no vencido; se entrega, pero permanece lleno de vida. Es un camino exigente, aunque profundamente fecundo, porque no se apoya en las propias fuerzas, sino en el poder de Dios que actúa en quienes confían en Él.
El salmo amplía aún más el horizonte de esta misión. Lo que se recibe de Dios no se guarda para uno mismo, sino que se comparte. La bendición divina está destinada a alcanzar a todos. Por eso, la vida del discípulo se convierte en anuncio, en testimonio y en un puente que conduce a otros al encuentro con el amor de Dios.
En este camino de santidad que recorremos como Iglesia, Santiago nos recuerda que la fe no es únicamente una convicción interior, sino una vida entregada con generosidad. La sinodalidad nos invita a caminar juntos siguiendo este estilo evangélico, donde cada uno, desde su propia realidad y vocación, aprende a servir y a ofrecer lo mejor de sí mismo para la construcción del Reino.
Hoy el Señor nos invita a examinar nuestras motivaciones: ¿buscamos el reconocimiento o estamos realmente dispuestos a servir? ¿Anhelamos ocupar los primeros lugares o estamos disponibles para entregarnos con humildad y amor?
Porque, al final, la verdadera grandeza no se mide por lo que recibimos, sino por la capacidad de entregarnos a los demás. Y es precisamente en ese camino, aun en medio de nuestra fragilidad, donde Dios realiza las obras más grandes.

(Guía Litúrgica)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍