La Palabra del Sábado: No abandonas, Señor, a los que te buscan
LA PALABRA CADA DÍA
XVIII Semana. Tiempo Ordinario
“El Santo Cura de Ars: La revolución de la humildad y la fe”
Sábado, 8 de agosto de 2026
Color: BLANCO
Primera lectura: Hab 1,12–2,4
Lectura de la profecía de Habacuc
¿No eres tú, Señor, desde antiguo mi santo Dios que no muere? ¿Has destinado al pueblo de los caldeos para castigo; oh, Roca, le encomendaste la sentencia? Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal, no puedes contemplar la opresión.
¿Por qué contemplas en silencio a los bandidos, cuando el malvado devora al inocente? Tú hiciste a los hombres como peces del mar, como reptiles sin jefe: los saca a todos con el anzuelo, los apresa en la red, los reúne en la cesta, y después ríe de gozo; ofrece sacrificios al anzuelo, incienso a la red, porque con ellos cogió rica presa, comida abundante.
¿Seguirá vaciando sus redes, matando pueblos sin compasión? Me pondré de centinela, en pie vigilaré, velaré para escuchar lo que me dice, qué responde a mis quejas.
El Señor me respondió así: «Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acercará su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe».
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 9,8-9.10-11.12-13
R/. No abandonas, Señor, a los que te buscan
Dios está sentado por siempre en el trono que ha colocado para juzgar. Él juzgará el orbe con justicia y regirá las naciones con rectitud. R/.
Él será refugio del oprimido, su refugio en los momentos de peligro. Confiarán en ti los que conocen tu nombre, porque no abandonas a los que te buscan. R/.
Tañan en honor del Señor, que reside en Sión; narren sus hazañas a los pueblos; él venga la sangre, él recuerda y no olvida los gritos de los humildes. R/.
Evangelio: Mt 17,14-19
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo».
Jesús contestó: «¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo los tendré que soportar? Tráiganmelo». Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?» Les contestó: «Por su poca fe. Les aseguro que si fuera su fe como un grano de mostaza, le dirían a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada les sería imposible».
Palabra del Señor
“El Santo Cura de Ars: La revolución de la humildad y la fe”
La memoria del Santo Cura de Ars se traslada a este día en nuestra Iglesia dominicana. Aunque debía celebrarse el 4 de este mes, la solemnidad de Santo Domingo de Guzmán hizo que la memoria de San Juan María Vianney se transfiriera a la fecha de hoy. Más allá de este detalle litúrgico, aprovechamos la ocasión para reflexionar sobre su vida y testimonio.
San Juan María Vianney nació en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. Fue el tercero de seis hermanos en el seno de una familia campesina. Estudió por un breve periodo en la escuela comunal de su pueblo y, más tarde, en 1806, ingresó a la recién creada escuela para aspirantes al sacerdocio. Allí, lamentablemente, enfrentó sus primeros sinsabores académicos: Juan María parecía bastante limitado para el estudio, por lo que no todos lo veían con buenos ojos.
Con gran esfuerzo, logró adquirir los conocimientos básicos de aritmética, historia y geografía para permanecer en el seminario. Sin embargo, con el latín todo se le puso cuesta arriba. Al ser la lengua eclesiástica por excelencia, sus maestros dudaban de su aptitud para la vida sacerdotal. No obstante, Dios quiso que recorriera ese camino y no otro.
Juan María fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815 y enviado a Écully como vicario de Monseñor Balley, su viejo amigo y el primero en animarlo a mantenerse firme en su vocación. Tiempo atrás, Balley había hecho hasta lo imposible por él, defendiéndolo tras haber sido expulsado del Seminario Mayor por «falta de idoneidad académica». Ahora, el recién ordenado Padre Juan María estaba al lado de su preceptor y protector, listo para colaborar en la misión pastoral.
Años después, tras la muerte de Monseñor Balley, el P. Juan María Vianney fue destinado como párroco a Ars, un pequeño pueblo de apenas 250 habitantes, la mayoría muy humildes. Desde aquel lugar —al que solía referirse como el «último de la diócesis y quizás de toda Francia»—, el Santo Cura iniciaría una revolución espiritual que marcaría a toda la nación.
El Santo Cura de Ars es un testimonio vivo de abandono total en los brazos de Dios. A pesar de tener poco que ofrecer según los criterios humanos, su entrega sincera permitió que la gracia divina multiplicara sus dones a través de la fe y el servicio. Siguiendo el ejemplo de San Juan María Vianney, confiemos en las palabras de Jesús:
«Les aseguro que si su fe fuera tan pequeña como un grano de mostaza, le dirían a este monte: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría. Nada les sería imposible».
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍
