La Palabra del Domingo: Habitaré en la casa del Señor por años sin término
LA PALABARA CADA DOMINGO
XXVIII Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo A
Domingo, 11 de octubre del 2026
Color: VERDE
Primera Lectura: Is 25,6-10a
Lectura del Libro de Isaías
Aquel día, preparará el Señor de los Ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Lo ha dicho el Señor. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte».
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 22,1-3a.3b-4.5.6
R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R/.
Segunda Lectura: Fi 4,12-14.19-20
Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses
Hermanos: Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicieron bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Palabra de Dios.
Evangelio: Mt 22,1-14
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Vengan a la boda". Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren, convídenlos a la boda". Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes". Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».
Palabra del Señor
“Hay un lugar para ti en la mesa de Dios”
Las lecturas de este domingo nos presentan una de las imágenes más hermosas de la Sagrada Escritura: Dios preparando un banquete para todos los pueblos. No se trata de una fiesta reservada a unos pocos, sino de la expresión del amor de un Padre que anhela reunir a todos sus hijos alrededor de su mesa.
Desde las visiones del profeta Isaías hasta el Evangelio según san Mateo, el mensaje resonante es claro: Dios no quiere que nadie quede fuera de su Reino. Él no excluye ni discrimina; al contrario, desea que la humanidad entera participe de la alegría de la salvación. En esto radica la esencia misma de la misión.
Ser misionero implica convertirse en portador de esta invitación divina. La Iglesia está llamada a salir a los caminos del mundo para anunciar que hay un lugar para cada persona en el corazón de Dios. No somos los dueños del banquete, sino servidores enviados a convocar a todos.
Sin embargo, el Evangelio advierte que muchos rechazaron el llamado por estar abrumados por sus propios intereses. Hoy corremos el mismo riesgo: el ruido del mundo, las ansiedades cotidianas y el afán por lo pasajero pueden hacernos olvidar que Dios sigue llamándonos a vivir en comunión con Él.
Pese a todo, el Señor jamás renuncia a su proyecto de amor. Vuelve a enviar a sus servidores a las encrucijadas de los caminos para invitar a cuanto hallen. Ahí cobra vida la misión de la Iglesia; ahí nace nuestra vocación bautismal.
Los «caminos» de hoy llevan distintos rostros y nombres: familias heridas, jóvenes desorientados, enfermos, pobres, personas que han perdido la fe, aquellos que sufren en soledad y los que se han alejado de la Iglesia. A ellos somos enviados, no con actitud de juicio, sino para proclamarles que Dios los aguarda con los brazos abiertos.
San Pablo nos recuerda que el verdadero misionero halla su fortaleza en Cristo. Por ello, su confianza no flaquea ante las circunstancias ni se apoya en sus propias capacidades, sino en Jesús, quien le concede perseverar y anunciar el Evangelio con gozo.
Asimismo, responder a esta invitación exige revestirnos del «traje de boda»: una vida transformada por la gracia. La misión no busca simplemente llenar templos, sino formar discípulos que encarnen el Evangelio con autenticidad. Cristo nos acoge tal como somos, pero nos ama demasiado como para dejaros igual: Él desea renovarnos.
Cada Eucaristía es un anticipo del banquete celestial. Nutridos por la Palabra y el Pan de vida, somos enviados de nuevo a la cotidianidad. La Misa se prolonga en nuestros hogares, trabajos y calles, donde estamos llamados a ser presencia viva de Jesús.
En este Mes Misionero, vale la pena preguntarnos: ¿estoy viviendo como un invitado agradecido o como un servidor activo que invita a otros al banquete del Señor?
La Iglesia alcanzará su plenitud misionera cuando cada bautizado comprenda que no fue llamado solo para ocuparse un lugar a la mesa de Cristo, sino para salir al encuentro de quienes aún no conocen el gozo de su amor.
Que María, Estrella de la Evangelización, nos enseñe a trasmitir esta invitación con humildad, alegría y esperanza, para que todos puedan gustar de la felicidad del banquete eterno que el Padre nos ha preparado.
(Guía Mensual)
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que mora en nosotros” ✍
