La intervención estadounidense en Venezuela
y su contraste con Haití:
¿Lucha contra el narcotráfico o estrategia geopolítica?
Por: Juan C. Benzán
Obrero de la literatura
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Yo; que soy un sempiterno amante de la paz y de la genuina libertad, enemigo de la guerra y de la "democracia prostituta" (comillas mías), anoche soñé con la existencia de una posible colusión estratégica entre los gobernantes de Estados Unidos y Rusia: el primero en su calidad de imperialista se quedaría con la riqueza petrolera de Venezuela y el segundo con su relicta herencia imperialista con la hegemonía sobre Ucrania.
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Aplicando el escalpelo del análisis concienzudo, abrigado a la esperanza de que mi sueño sea simplemente un utópico sueño y no la existencia de una tangible realidad geopolítica protagonizada por los representantes séniores de sendos imperios (Estados Unidos como avieso imperialismo vigente y Rusia como un imperio relicto), reflexiono sobre la justificación del presidente de Estados Unidos, quien ha presentado sus acciones en Venezuela como parte de la loable lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, hay indicios fidedignos de que existen adicionales intereses estratégicos y económicos en juego, incluyendo el petróleo y la influencia regional, pues es harto sabido que la situación actual entre ambos países está caracterizada por tensiones militares, políticas y económicas.
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Las acciones militares de Estados Unidos han desplegados poderosos buques, aeronaves y misiles de guerra en los umbrales de las costas y estamentos venezolanos, alegando que únicamente se trata de una operación antinarcóticos para combatir el tráfico de drogas en el Caribe. No obstante, Irán y otros países han denunciado estas acciones como provocativas e ilegales, sugiriendo que podrían tener fines más allá del combate al narcotráfico.
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En lo inherente a los intereses energéticos y geopolíticos, resulta insoslayable ratificar que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, lo que históricamente ha sido un punto de interés para potencias extranjeras. Aunque no hay evidencia directa de que Estados Unidos planee apropiarse del petróleo venezolano, la presión para un cambio de régimen y el apoyo a la oposición podrían facilitar un entorno más favorable a los intereses energéticos y minerales estadounidenses.
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Según diversos analistas, la política del imperialismo norteamericano procura debilitar las relaciones entre Venezuela y países aliados, lo que podría alterar el equilibrio de poder en América Latina. Mientras tanto, Rusia ha mostrado un marcado interés en Ucrania, lo que convierte mi sueño en una metafórica intuición de cómo las potencias globales se disputan territorios estratégicos por sus recursos, defensas y controles.
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Como los sueños a veces capturan tensiones que están en el aire, aunque no sean literales, mi sueño se convierte en una representación simbólica de la lucha por los recursos naturales, el poder geopolítico y la intervención extranjera.
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La presencia militar y política de Estados Unidos en Venezuela ha sido justificada oficialmente como parte de una estrategia para combatir el narcotráfico. Sin embargo, esta narrativa ha sido cuestionada por actores internacionales que señalan que detrás podrían esconderse intereses económicos, especialmente relacionados con el petróleo y la influencia regional.
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Desde el gobierno estadounidense se ha promovido la tesis de que Venezuela representa un nodo clave en el tráfico de drogas hacia el Caribe y América del Norte. Bajo este espurio argumento se han desplegados buques de guerra e intensificados las sanciones contra el gobierno venezolano, respaldados en supuestos informes que vinculan a altos funcionarios con redes de narcotráfico.
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Por otro lado, la influencia del petróleo como recurso estratégico no puede ignorarse. Venezuela posee las mayores reservas probadas del planeta, y los recursos energéticos han sido, a lo largo de la historia, motivo de intervención directa o indirecta por potencias extranjeras. En consecuencia, la posibilidad de que un cambio de régimen facilite acuerdos más favorables para empresas estadounidenses no puede descartarse. Así, la supuesta lucha contra el narcotráfico luce ser sólo una fachada para justificar una estrategia de reposicionamiento económico.
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Abundando sobre el simbolismo del sueño, no es inexacto afirmar que, en ocasiones, los sueños reflejan tensiones colectivas. Imaginar a Estados Unidos quedándose con el petróleo venezolano y a Rusia con Ucrania no es sólo una fantasía personal: es una representación de cómo las potencias se disputan territorios estratégicos bajo diversas justificaciones. El sueño, en ese sentido, es una metáfora de la lucha por los recursos y el dominio global.
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Aunque la auténtica lucha contra el narcotráfico es una causa legítima que debe ser respaldada con creces por todas las naciones y seres humanos del universo, es necesario analizar los verdaderos motivos detrás de las acciones internacionales. En el caso venezolano, los intereses energéticos y geopolíticos parecen entrelazarse con el discurso oficial, generando una narrativa compleja que merece ser desentrañada mediante un análisis objetivo y concienzudo.
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En síntesis, este ensayo analiza las acciones del gobierno de Estados Unidos en Venezuela, justificadas oficialmente como parte de una campaña contra el narcotráfico y en favor de la paz. Sin embargo, un enfoque crítico revela posibles intereses energéticos y geopolíticos que subyacen a esa narrativa, considerando el contexto internacional y las tensiones entre potencias globales.
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La política exterior de Estados Unidos hacia América Latina ha estado marcada históricamente por intervenciones directas e indirectas. En el caso de Venezuela, el despliegue militar en el Caribe y las sanciones económicas han sido presentadas como medidas para combatir el narcotráfico; pero ciudadanos, analistas y gobiernos sostienen que existen motivaciones más profundas vinculadas al petróleo y a la influencia regional.
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Amparado en la bandera de “la supuesta lucha contra el narcotráfico”, el gobierno estadounidense ha dictaminado que Venezuela es un centro de operaciones del narcotráfico internacional, vinculando a altos funcionarios del régimen de Maduro con redes criminales. Esta narrativa ha servido para legitimar poderosas acciones militares y diplomáticas, incluyendo el envío de buques de guerra y grandes armamentos al Caribe.
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Como Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, en un contexto de competencia energética global, el control o influencia sobre esos recursos representa una ventaja estratégica. Aunque no se haya declarado una intención de apropiación, el apoyo a la oposición y la presión para un cambio de régimen podrían facilitar acuerdos más favorables para empresas estadounidenses, reforzando la sospecha de que el discurso antinarcóticos oculta fines económicos y estratégicos.
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De manera análoga, la intervención en Venezuela también puede interpretarse como parte de una lucha por la defensa y la hegemonía global. Mientras Rusia refuerza su presencia en Ucrania, Estados Unidos busca consolidar su dominio en América Latina. Venezuela, con sus vínculos con Irán, Rusia y China, representa un desafío a esa hegemonía; por tanto, la presión sobre Caracas podría tener como objetivo debilitar ese eje de poder alternativo. Los sueños, en este sentido, pueden actuar como espejos de preocupaciones colectivas, revelando temores sobre la pérdida de soberanías nacionales y el dominio extranjero.
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La intervención estadounidense en Venezuela es susceptible de no entenderse únicamente como una acción contra el narcotráfico o por la instauración de la democracia y la paz. Los intereses energéticos, la competencia geopolítica y la necesidad de reposicionamiento estratégico se entrelazan con el discurso oficial del gobierno estadounidense. En este contexto, es fundamental mantener una mirada crítica sobre las motivaciones reales detrás de las acciones internacionales, donde surgen las patéticas vicisitudes infrahumanas del pueblo haitiano.
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La paz en Haití no se ha cristalizado debido a una combinación de factores estructurales: el control de bandas armadas, la falta de liderazgo político legítimo, la debilidad institucional y el escaso compromiso internacional. El gobierno de Estados Unidos no ha mostrado el mismo afán de instaurar democracia y paz allí como lo proclama en Venezuela, lo que evidencia una contradicción moral: “Haití es el contraste de una paz postergada o el enigma de una utópica solidaridad internacional” (comillas mías).
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Mientras Estados Unidos justifica su presencia en Venezuela como parte de una cruzada contra el narcotráfico, la situación en Haití revela una inquietante paradoja: un país sumido en el caos, el hambre y la miseria, donde la paz sigue siendo una promesa incumplida. La fragmentación del poder ha imposibilitado cualquier intento serio de estabilización, que hubiera requerido mucho menos del costo e intensidad del despliegue militar estadounidense en Venezuela.
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Según la ONU, el llamado humanitario para Haití presenta un déficit de 800 millones de dólares. Esta falta de recursos y de voluntad política global contrasta con la rapidez con que se movilizan inmensas fuerzas y dilatado capital en países con intereses estratégicos evidentes, como Venezuela.
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La comparación entre Venezuela y Haití plantea una pregunta incómoda: ¿por qué se interviene con fuerza en un país rico en petróleo, mientras se abandona otro que clama por su seguridad básica? Esta disparidad demuestra que los motivos detrás de las acciones internacionales no siempre responden a principios humanitarios, sino a intereses geopolíticos y económicos: una clara muestra de la intervención selectiva.
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Por lo antes expuesto, no constituye un desatino considerar que la intervención estadounidense en la tierra de Simón Bolívar, justificada como la fehaciente lucha contra el narcotráfico y restablecimiento de la democracia, revela una política exterior selectiva, motivada por intereses estratégicos como el petróleo.
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Mientras tanto, la inacción frente al colapso humanitario en Haití demuestra que la defensa de la paz no es universal, sino condicionada por el valor geopolítico de cada nación; en definitiva, que la política exterior de las grandes potencias no siempre obedece a principios éticos universales, sino a sistemáticos cálculos estratégicos donde los recursos y la influencia pesan más que la sagrada vida humana…
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Sentencio aquí, que si fuese auténtica la ardiente lucha contra el narcotráfico y por la restauración de la democracia y la paz en la prodigiosa otrora rica nación venezolana y en cualquier erial o parte del universo, más que una solidaria acción loable, la misma constituyera una imperiosa necesidad impostergable…
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Pese a que en su obra titulada "La vida es sueño", el inmenso Pedro Calderón de la Barca sentenció que “los sueños, sueños son”, ojalá que el simbolismo de mi sueño —Estados Unidos quedándose con el petróleo venezolano y Rusia a cambio con la estratégica hegemonía de Ucrania— lejos de ser una perogrullada, sea sólo una fantasía: la representación simbólica de las tensiones geopolíticas y nada más…
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Prof. Juan C. Benzán
Obrero de la literatura
San Juan de la Maguana,
República Dominicana