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LA PALABRA CADA DÍA
III Semana. Tiempo Ordinario
“La fe se acrecienta así a través de la oración diaria, los pequeños actos de bondad realizados”
Viernes, 26 de enero del 2024
Color: BLANCO
Primera lectura: II Sam 11, 1-4a.5-10.13-17
Lectura del Segundo Libro de Samuel
En la época del año en que los reyes acostumbraban a salir a la guerra, David envió a Joab con sus oficiales y todo Israel contra los amonitas. Los derrotaron y pusieron sitio a Rabbá. David se había quedado en Jerusalén.
Un día, al atardecer, se levantó de dormir y se puso a pasear por la terraza del palacio; desde ahí vio a una mujer que se estaba bañando. Era una mujer muy hermosa. David mandó preguntar quién era aquella mujer y le dijeron: «Es Betsabé, hija de Eliam, esposa de Urías, el hitita”.David mandó unos criados a buscarla. Se la trajeron a su casa y durmió con ella. La mujer quedó embarazada y le mandó decir a David: «Estoy encinta”.
Entonces David le envió un mensaje a Joab: «Haz que venga Urías, el hitita”.Joab cumplió la orden, y cuando Urías se presentó a David, el rey le preguntó por Joab, por el ejército y por el estado de la guerra. Luego le dijo: «Ve a descansar a tu casa, en compañía de tu esposa”.Salió Urías del palacio de David y éste le mandó un regalo. Pero Urías se quedó a dormir junto a la puerta de palacio del rey, con los demás servidores de su señor, y no fue a su casa.
Le avisaron a David: «Urías no fue a su casa”.Al día siguiente, David lo convidó a comer con él y lo hizo beber hasta embriagarse. Ya tarde, salió Urías y se volvió a quedar a dormir con los servidores de su señor y no fue a su casa.
A la mañana siguiente escribió David a Joab una carta y se la envió con Urías. En ella le decía: «Pon a Urías en el sitio más peligroso de la batalla y déjalo solo para que lo maten”.Joab, que estaba sitiando la ciudad puso a Urías frente a los defensores más aguerridos. Los sitiados hicieron una salida contra Joab y murieron algunos del ejército de David, entre ellos, Urías, el hitita.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 50, 3-4.5-6a.6bc-7.10-11
R/. Misericordia, Señor, hemos pecado
Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados. R/.
Puesto que reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados. Contra ti sólo pequé, Señor, haciendo lo que a tus ojos era malo. R/.
Es justa tu sentencia y eres justo, Señor, al castigarme. Nací en la iniquidad, y pecador me concibió mi madre. R/.
Haz que sienta otra vez júbilo y gozo y se alegren los huesos quebrantados. Aleja de tu vista mis maldades y olvídate de todos mis pecados. R/.
Evangelio: Mc 4, 26-34
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.
Les dijo también: «¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.
Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.
Palabra del Señor
“La fe se acrecienta así a través de la oración diaria, los pequeños actos de bondad realizados”
En la primera lectura nos encontramos con la narrativa del fallo moral y adulterio del Rey David cuando sucumbe ante la tentación al ver bañar a Betsabé, la esposa de Urías. Abusando de su poder y autoridad se aprovecha de la vulnerabilidad de Betsabé y violenta el lazo sagrado de esta con su esposo, un fiel soldado. Pero peor aún, decide manipular las circunstancias enviando a Urías al frente de las tropas para que muera en batalla para esconder el embarazo de Betsabé.
Contrasta la integridad y lealtad del humilde soldado con las fallas morales y el uso indebido del poder de David. Nadie, sin embargo, está inmune a la ley y todos somos responsables de nuestros actos. Necesitamos mayor humildad, conciencia de nuestros actos y arrepentimiento de los daños que muchas veces causamos a las personas que nos rodean. El pecado siempre afecta nuestra relación con Dios, con las demás personas y con nosotros mismos. Sus consecuencias las viviremos en algún momento de la vida y es lo que le ocurrirá a David y a los suyos.
Pero la clave para crecer alejados del mal lo encontramos en el misterio del crecimiento de la semilla. Cuando el hombre débil permite que la semilla de la Palabra haga su función dentro del terreno de su vida, crece. El hombre siembra la semilla y esta crece día a día. Los frutos de la siembra cuidada y atendida misteriosamente van echando raíz y brotando desde abajo hacia arriba. Muchas veces no nos percatamos de los frutos que van creciendo por dentro. En el silencio y al tiempo de Dios dentro de nosotros se van gestando cambios pequeños.
Al igual que con el grano de mostaza, lo aparentemente insignificante y diminuto va transformándose paulatinamente en lo grande capaz de cobijar. La fe se acrecienta así a través de la oración diaria, los pequeños actos de bondad realizados, el silencio, la meditación, la contemplación y los medios que la Iglesia nos propone. Crece la confianza sin darnos cuenta y nuestras acciones se comienzan a volcar hacia la compasión, misericordia y amor. El Rey David irá aprendiendo y sus actos le conducirán al arrepentimiento. Poco a poco David será impactado por el cambio y crecerá la confianza en su Dios. Nosotros también hemos herido a otros. Estamos llamados, por tanto, a abrazar el amor transformador de nuestro Dios para que, gradualmente, podamos convertirnos en frutos buenos para que todos los que nos rodean coman.
(Guía Litúrgica)
“Demos gracias al Señor, nuestro Dios. Es justo y necesario”✍

