El Señor es mi alabanza en la gran asamblea
LA PALABRA CADA DÍA
XXXI Semana. Tiempo Ordinario
“La aurora de nuestra esperanza”
Martes, 3 de noviembre de 2026
Color: VERDE/BLANCO
Primera lectura: Fil 2,5-11
Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses
Hermanos: Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre sobre todo nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: «¡Jesucristo es Señor!», para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 21,26b-27.28-30a.31-32
R/. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea
Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre. R/.
Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. R/.
Porque del Señor es el reino, el gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba. R/.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá; hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor. R/.
Evangelio: Lc 14,15-24
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas
En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!» Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: "Vengan, que ya está preparado". Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor". Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor". Otro dijo: "Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir". El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: "Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos". El criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio". Entonces el amo le dijo: "Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa. Y les digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete».
Palabra del Señor
“Tu lugar en la mesa ya está listo”
En el Evangelio de hoy, llaman la atención las excusas de los invitados en la parábola que Jesús relata… Prestemos atención y volvamos a leerlo detenidamente, fijándonos en los personajes y en lo que nos dice en lo profundo del corazón a cada uno de nosotros.
Al escuchar la exclamación que suena como una bienaventuranza: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el banquete del Reino de Dios!», Jesús cuenta que un hombre decide preparar una gran fiesta. Elabora la lista de los invitados, eligiendo a las personas llamadas a participar de esta comida tan especial.
Si nos ponemos en el lugar de este hombre, podemos imaginarlo emocionado, cuidando cada detalle —tanto grande como pequeño— para el banquete que ofrecerá a sus invitados: desde la disposición de las mesas, la comida y la bebida, hasta el postre con el que los sorprenderá. Todo esto preparado por amor.
Y cuando por fin llega el día, se levanta alegre y entusiasmado, tal vez antes de lo habitual. Cuando todo está listo para que los invitados comiencen a llegar a disfrutar de lo que les ha preparado, ocurre algo inesperado: todos los invitados comienzan a disculparse, uno a uno, con excusas supuestamente válidas.
¡Cuántas veces hemos escuchado el refrán que dice: «Desde que se inventaron las excusas, nadie queda mal»! Indignado, el anfitrión decide entonces invitar a otros que no estaban en su lista original, hasta ocupar cada uno de los lugares en su mesa.
Pensemos ahora en nosotros como invitados; es decir, como elegidos y llamados de manera personal por nuestro propio nombre para ser parte de una gran celebración y sentarnos a la mesa del banquete del Reino de Dios.
Tal vez, al recibir la invitación, pensemos que no es un buen momento, que tenemos otros planes o que no somos dignos. Y si aceptamos, a veces la buena intención no basta; responder implica un esfuerzo, tomar la cruz, negarnos a nosotros mismos y seguirlo. Requiere salir de nuestra zona de confort, incomodarnos, prepararnos y, en ocasiones, reordenar nuestra vida.
Reflexionemos: ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿Qué cosas ponemos por delante de Dios? ¿Dónde está nuestro tesoro?
En cada Eucaristía escuchamos las palabras: «Dichosos los invitados al banquete del Señor». El Evangelio de hoy nos recuerda que tú y yo somos dichosos y felices por haber sido elegidos por Dios mismo para estar cerca de Él y participar de la Eucaristía, anticipo del banquete de su Reino, desde aquí, ahora y con la vida en abundancia que nos ha prometido.
Reconociendo en Dios a un anfitrión lleno de amor que insiste en su plan de salvación para todos, y en cada uno de nosotros a los invitados escogidos, pidamos perdón por las excusas que ponemos y por las veces que hemos rechazado sus invitaciones. Pidamos también la gracia del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, para responder a su llamado con un «sí» generoso.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍
