“El rostro vivo de Cristo en el prójimo”
LA PALABRA CADA DÍA
XXVII Semana. Tiempo Ordinario
“El rostro vivo de Cristo en el prójimo”
Lunes, 4 de octubre de 2026
Color: VERDE
Primera lectura: Gál 1,6-12
Lectura de la Carta de San Pablo a los Gálatas
Hermanos: Me sorprende que tan pronto hayan abandonado al que los llamó por amor a Cristo, y se hayan pasado a otro Evangelio. No es que haya otro Evangelio, lo que pasa es que algunos los turban para volver del revés el Evangelio de Cristo.
Pues bien, si alguien les predica un Evangelio distinto del que les hemos predicado –seamos nosotros mismos o un ángel del cielo–, ¡sea maldito! Lo he dicho y lo repito: Si alguien les anuncia un Evangelio diferente del que recibieron ¡sea maldito! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo.
Les notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 110,1-2.7-8.9 y 10c
R/. Doy gracias al Señor de todo corazón
Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. R/.
Justicia y verdad son las obras de sus manos, todos sus preceptos merecen confianza: son estables para siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud. R/.
Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza, su nombre es sagrado y temible. La alabanza del Señor dura por siempre. R/.
Evangelio: Lc 10,25-37
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas
En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»
Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.
Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él contestó: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo».
Palabra del Señor
“El rostro vivo de Cristo en el prójimo”
La Palabra de Dios de este día nos conduce al corazón mismo de la misión. San Pablo y el Evangelio nos recuerdan que la Buena Nueva no conoce fronteras ni admite privilegios ni discriminaciones: ha sido confiada a la Iglesia para abrazar a todos los pueblos, sin excepción.
San Pablo rechaza con firmeza la imposición de cargas innecesarias a quienes desean seguir a Cristo. Frente a quienes sostenían que era preciso cumplir las antiguas prescripciones de la Ley para salvarse, el Apóstol comprende que la salvación es un don gratuito de Dios para toda la humanidad. Condicionar el acceso a Dios es correr el riesgo de predicar nuestros propios prejuicios en lugar del Evangelio.
Hoy también corremos el riesgo de levantar muros por razones sociales, culturales, de nacionalidad, pasado o condición personal. Sin notarlo, convertimos nuestras comunidades en recintos cerrados, mientras que el corazón de Cristo permanece abierto de par en par.
En la parábola del Buen Samaritano, un hombre yace malherido al borde del camino. Aunque un sacerdote y un levita lo ven, ambos pasan de largo. Quien se detiene es un samaritano, alguien visto como extranjero y enemigo por los judíos. Jesús quiebra así los esquemas de su época para enseñarnos que el verdadero discípulo no se define por su pertenencia a un grupo, sino por la compasión con la que actúa.
El prójimo no es solo quien comparte nuestra fe, cultura o historia, sino todo ser humano cuya dignidad clama por amor. Aquí radica la esencia de la misión: el misionero no aguarda a que los necesitados vengan a él, sino que sale activamente a su encuentro. Primero ama, escucha, sirve, acompaña y sana; solo después anuncia a Jesucristo con la autoridad de quien da testimonio.
Nuestro entorno está poblado de personas al borde del camino: empobrecidos, migrantes, enfermos, ancianos en el olvido, jóvenes aprisionados por las adicciones, familias fracturadas y corazones sin esperanza. Todos ellos anhelan una Iglesia que no siga de largo.
Como evocaba el papa Francisco, la Iglesia debe ser un «hospital de campaña» dedicado a curar heridas y acompañar procesos de fe. La misión no es otra cosa que salir al encuentro de la humanidad doliente para visibilizar la misericordia divina.
En este Mes Misionero, convendría preguntarnos: ¿Somos una Iglesia en salida o una Iglesia a la espera? ¿Trazamos puentes o erigimos murallas? ¿Acogemos con gozo a quien llama a nuestra puerta?
Cada bautizado está llamado a encarnar la figura del Buen Samaritano. La misión despierta cuando dejamos de juzgar quién es digno de nuestro amor y comenzamos a amar a quienquiera que Dios ponga en nuestro trayecto. La Iglesia alcanzará su vocación misionera cuando aprendamos a conmovernos ante el dolor ajeno, a escuchar el clamor del hermano y a reconocer en él el rostro vivo de Cristo.
El Señor nos dirige hoy la misma encomienda que hizo al doctor de la Ley: «Ve y haz tú lo mismo». No basta con contemplar la parábola; estamos llamados a ser protagonistas de ella.
Compromiso Misionero:
Hoy buscaré acercarme a alguien que solamos pasar por alto —un enfermo, un anciano, un migrante, una familia en dificultad o alguien distante de la fe—. Me dispondré a escucharle, a regalarle mi tiempo y a ofrecerle un gesto concreto de caridad que le permita experimentar el rostro misericordioso de Jesucristo.
Palabra del Señor
“La lección de Job y la sencillez del discípulo”
La Palabra de Dios de hoy nos invita a meditar en dos pilares de la vida cristiana: la verdadera confianza en el Señor y la auténtica grandeza del discípulo.
En el libro de Job contemplamos a un hombre justo que, de un momento a otro, lo pierde todo: sus bienes, sus servidores y sus hijos. Sin embargo, en medio del dolor más profundo, no se rebela contra Dios, sino que pronuncia una de las profesiones de fe más hermosas de la Escritura: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor». Job nos enseña que una fe madura no se sostiene en las circunstancias favorables, sino en la certeza inmovible de que Dios nos acompaña aun en las pruebas más oscuras.
El salmo prolonga esta actitud con el clamor confiado del creyente: «Inclina tu oído y escucha mis palabras». Cuando la incertidumbre, el sufrimiento o las angustias nos visitan, tenemos la libertad de acudir al Señor con la certeza de los hijos que se saben escuchados y amados por su Padre.
Por su parte, el Evangelio nos muestra a los discípulos discutiendo sobre quién es el más importante. Jesús responde con un gesto entrañable: sitúa a un niño a su lado y nos enseña que la verdadera grandeza radica en la sencillez, la humildad y la acogida del vulnerable. Asimismo, nos exhorta a no cerrarnos frente a quienes hacen el bien en su nombre: «El que no está contra ustedes, está con ustedes».
La enseñanza es rotunda: Job nos modela la humildad ante los acontecimientos de la vida, mientras que Jesús nos pide humildad en las relaciones con los demás. Quien confía plenamente en Dios no vive mendigando reconocimientos ni honores; le basta con amar, servir y permanecer fiel.
Que el Señor nos conceda la fortaleza de Job en medio de las pruebas y la sencillez de un niño para seguir a Cristo día tras día. Amén.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍
