Nacionales e internacionales

El legado de Altagracia Paulino


Natanael de los Santos

Con la pasada gestión de Altagracia Paulino al frente de Pro Consumidor, el país aprendió muchas cosas, a saber: aprendió que cumplir la ley es posible; esa campesina letrada, predicó y demostró con sus hechos que la ley es para el cumplimiento de todos y todas, tanto para los ciudadanos de a pie, como para los conspicuos “enyipetados” privilegiados de siempre; a los intocables les enseñó sobre la igualdad de todos ante la ley.

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Durante su gestión los gaseros engañadores, los banqueros con contratos abusivos, los polleros especuladores, los vendedores de productos vencidos y no aptos para el consumo, ¡todos! se tuvieron que ver la cara con un ente regulador decidido a hacer su trabajo, protegiendo la salud, la seguridad y los intereses económicos de las personas consumidoras.

Podemos recordar algunos caso, por ejemplo: los importadores de azúcar alterada, los fabricantes de destapadores de cañerías en bases ácidas (ácido del diablo), los importadores de cementos que no cumplieron con las normas de internación, los importadores de implantes mamarios cancerígenos, los importadores de neumáticos usados que pretendían venderlos como nuevos, no pudieron salirse con la suya, durante su gestión, tuvieron que responderle a la autoridad y cumplir con normativas establecidas.

Para ella, no es cierto que, “una cosa sea con guitarra y otra con violín”, los empresarios del país vieron que ella tenía una sola partitura, que era la que todos tenían que tocar, y como dice el slogan de un partido, su gestión era “sin injusticias ni privilegios”. Demostró que la Ley No. 358-05, que le tocó aplicar, es algo más que un simple poema jurídico al servicio de conveniencias de particulares.

Con esa mujer menuda y sincera, el país conoció que, lo más importante del funcionariado público es tener conciencia de su rol, que un servidor público es un empleado de la patria con responsabilidad de responderle con eficacia y eficacia a los 10 millones de dominicanos que le pagan, o como decía el verdadero líder y guía, el profesor Juan Bosch, que “al Estado se va a servir, no a servirse”.

Ella demostró que desde cualquier entidad pública se puede contribuir al establecimiento del Estado Social y Democrático de Derecho que aspira la Constitución, y que se puede evitar los abusos defendiendo el interés general, por encima del particular. Promoviendo acciones para evitar las arbitrariedades de parte de proveedores de bienes y servicios que históricamente han operado dentro de lo que ella llamó “la cultura del engaño”.

Para esa señora, la ley no es una simple pieza para la retórica, o para la discusión entre letrados, demostró que era posible hacerla trascender y colocarla por encima de las miserias humanas, logrando que esta pase de ser la triste componenda protectora de sectores no santos, a convertirse en pura justicia material. Ella, dio lección de cómo es que hay que tratar a los sectores empresariales que se mueven con una agilidad asombrosa entre el oportunismo y el chantaje.

Aunque algunos crean que ella pudo haber hecho más, hay que recordar las grandes limitaciones de recursos con que se manejó, y lo mucho que logro prácticamente sólo con la voluntad.

Altagracia dejó una institución fuerte, creíble, eficiente y sobre todo, verdaderamente comprometida con la defensa y protección de los derechos de los consumidores, que es la función primordial de esa institución.

Construyó una entidad que sin ser perfecta, nada lo es, logró accionar en favor de la gente, y los ciudadanos se sintieron bien servidos. Gestiones como la devolución de cientos de millones de pesos a los consumidores, de parte de un empresariado engañador, es una muestra de que la ley se puede hacer cumplir.

Ella supo durante su gestión, evitar que esa entidad sea capturada por los sectores regulados, práctica que es común que ocurra en el país, siempre en perjuicio de las personas consumidoras de bienes y servicios, y a favor de un empresariado que todo lo quiere controlar.

Quizás por eso, en un acto de sinceridad del Ministro de Industria y Comercio, José Del Castillo, en el momento del traspaso de mando dijo que “ella dejaba huellas muy difícil de borrar”.

Otra habilidad de Altagracia fue saber aprovechar y dar un uso efectivo a las redes sociales, no sólo para recibir de manera ágil y oportuna las denuncias de parte de los ciudadanos, permitiendo una rápida intervención del Estado regulador, sino también, alertando por esa vía a los consumidores y protegiendo su salud, su seguridad y sus intereses económicos.

Funcionarios como ella merecen ser clonados, para que logremos construir un vigoroso Estado Social de Derecho y consigamos controlar uno de los principales males de que adolecen muchos de nuestros proveedores: la avaricia.

Y ¡haremos patria!

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