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Por: Juan C. Benzán
La imperiosa aprobación del nuevo Código Penal de la República Dominicana desde hace aproximadamente dos décadas se encuentra varada en las convulsas olas de los ubérrimos océanos y mares de la hipocresía, obedeciendo a intereses particulares, donde iza su ínfula arrogante la jerarquía de los poderes extraordinarios de la iglesia católica y sus portentosos representantes nacionales y foráneos, pues al igual que la iglesia evangélica se opone rotundamente a la inclusión de las tres causales para la despenalización del aborto.
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Católicos y evangélicos encarnizan justas luchas y loables protestas lejos de los estamentos de las iglesias o parroquias a las que pertenecen en aras de la referida despenalización, todo lo cual resulta irónico; pues en sus actitudes y aptitudes de manera consciente se oculta la incidencia del poder eclesiástico y de los cristianos, puesto que no se atreven a encaminar sus reclamos por ante los representantes de los estamentos religiosos a los que pertenecen, quienes contrastan con una significativa prorrata de sus denominados feligreses y siervos de Cristo, lo que unido ipso facto a las aspiraciones políticas de los miembros del Congreso Nacional ha incidido en que el nuevo Código Penal dominicano se encuentre convertido en un desafortunado anciano sin acta de nacimiento en los taciturnos vetustos archivos bicamerales.
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Las feministas reclaman que se incluya la despenalización del aborto en el citado texto de ley, cuando ocurre alguna de las tres causales siguientes: 1.- la vida o la salud de la mujer se encuentra en peligro por motivo del embarazo; 2.- el feto es incompatible con la vida fuera del útero o extrauterina; 3.- cuando el embarazo es el resultado de una violación sexual.
Parece ser que la hipocresía también otea e instila, anida y permea en el hábitat de muchos de los denominados feligreses y cristianos que invocando a Cristo Jesús sirven o representan a El Omnipotente en la tierra, y que por consiguiente; nada ni nadie está libre o exento del flagelo de la ironía en las reconditeces del corazón y el alma de la esencia humana.

