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Ahora es que le pesa a Leonel
Por años, Leonel Fernández construyó una imagen internacional de estadista global, mediador y observador electoral. Esa vocación, legítima en otras circunstancias, hoy se le devuelve como un boomerang político. Y es que no es lo mismo observar elecciones que cargar con el peso de haber sido testigo complaciente de una farsa democrática.
La noticia de Nicolás Maduro preso cambia por completo el tablero. Lo que ayer algunos intentaron vender como un “proceso electoral cuestionable pero válido”, hoy queda desnudo como lo que fue: un montaje sostenido por la simulación, la represión y el control absoluto del poder. En ese contexto, la figura del observador ya no luce neutral, sino incómoda.
Leonel fue a Venezuela cuando muchos advertían que allí no había condiciones mínimas para elecciones libres. Fue cuando la oposición estaba fragmentada, los árbitros electorales sometidos y la comunidad internacional dividida entre la conveniencia diplomática y el silencio calculado. Ir entonces fue una decisión política. Pero permanecer callado ahora es una carga histórica.
Porque la pregunta no es si Leonel violó alguna norma. No. La pregunta es si su presencia ayudó, aunque fuera simbólicamente, a legitimar un régimen que hoy el mundo observa como un Estado capturado por el narcotráfico y la fuerza.
Hoy, con Maduro fuera del poder por la vía de la fuerza internacional, todo observador queda bajo sospecha retrospectiva. ¿Qué se observó realmente? ¿Un proceso democrático o un teatro institucional? ¿Se alertó con claridad o se optó por el lenguaje diplomático que todo lo justifica y nada confronta?
En política, el tiempo siempre pasa factura. Y esta factura llega en el peor momento: cuando el expresidente dominicano intenta reposicionarse como referente ético y opción de poder. El costo no es jurídico, es moral y simbólico.
Mientras otros líderes prefirieron marcar distancia, Leonel apostó por la “neutralidad activa”. Hoy esa neutralidad parece más bien ambigüedad estratégica. Y en tiempos de quiebre democrático, la ambigüedad no es virtud: es complicidad percibida.
No se trata de aplaudir intervenciones extranjeras ni de celebrar capturas espectaculares. Se trata de algo más profundo: la historia no absolverá a quienes ayudaron a maquillar dictaduras con observaciones electorales sin dientes.
Por eso sí, ahora es que pesa. Pesa el viaje. Pesa la foto. Pesa el silencio. Y pesa, sobre todo, haber estado del lado equivocado del juicio del tiempo.

