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A mi fenecida Madre eterna Fragmento de un ensayo ll (Al cumplirse hoy 9 de Sep del 2025, un año más de su partida física): Por Juan C. Benzán

A mi fenecida Madre eterna
Fragmento de un ensayo ll
(Al cumplirse hoy 9 de Sep del 2025,
un año más de su partida física)

Por: Juan Juan C. Benzán

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A ti madre mía, que partiste hacia lo eterno aquel fatídico 9 de septiembre del año 2017, a ti que aún respiras en el santuario invisible de mis recuerdos, te escribo desde esta morada de palabras que no bastan, que se quiebran, que se inclinan ante tu nombre como los sauces ante el viento sagrado.
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Estoy sentado frente al altar de mi escritorio, donde cada tecla es un rosario, cada letra una plegaria, cada punto una lágrima que no se atreve a caer. Desde aquí, invoco tu presencia como quien llama al sol en medio de la noche. Porque, aunque la muerte física haya sellado tus párpados, tu mirada sigue encendida en el candil de mi alma.
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Tu voz no se ha extinguido ni ha de extinguirse nunca. Vibra aún en el eco de mis pensamientos, como un himno que no cesa ni cesará nunca. Me hablas en el elocuente murmullo del silencio, en el aroma del café que aunque no lo probabas tú, ya no me preparas; en el caldo de huevo de gallina criolla con que en Hato del Padre me desayunaba en la niñez; en la brisa que roza los cortinajes de la sala donde solías sentarte ante mí y mi abnegada hermana Francis a impartir tus caricias y consejos cotidianos que ahora me cuento sólo, sin tu bendita presencia de abnegada madre angelical.
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Tu partida no fue un adiós, sino un hasta luego, una sagrada e inefable transformación. Te convertiste en aire, en luz, en memoria. Eres la eternidad que me acompaña, la sombra que no asusta, el suspiro que me sostiene cuando el mundo se me vuelve inhóspito y el vil flagelo de la ingratitud se convierte en norma humana.
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Madre mía, madre santa, madre eterna, tú no dejaste un inmenso caudal compuesto por bienes materiales con suntuosas joyas, pero nos dejaste la herencia más valiosa: la dignidad de tu ejemplo, la ternura de tus gestos, la firmeza de tu fe. Nos diste el testamento más puro: el de vivir con gratitud y decencia, amar sin medida, la solidaridad como estandarte y como legado la lealtad.
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Hoy, mientras el tiempo se despliega como un pergamino que no puedo detener, te escribo para decirte que no has muerto. Que tu nombre es mi oración, tu recuerdo mi refugio, y tu amor el faro que me guía en esta travesía incierta que llamamos vida.
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¡Déjame llorarte sin prisa, madre mía! Déjame cantarte sin voz, escribirte sin tinta, soñarte sin sueño. Porque tú eres la más solemne poesía que no se escribe, el mejor verso que no se olvida, la canción más sublime, la bendita flor que nunca se marchita.
Consciente de que el cercano o lejano día en que me toque partir, será con tu nombre en los labios, con tu imagen en el corazón, con la certeza de que en algún estamento de la alcoba celestial, tú me esperarás con los brazos abiertos y la sonrisa intacta, porque tú eres mi auténtico ensayo, mi sutil poema y mi mejor canción…
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Aunque dejaste algunas partidas pecuniarias como bienes relictos, madre mía, nunca sentí que fueran el centro de tu herencia. No porque carecieran de valor, sino porque tu verdadera riqueza no se encuentra asentada en simples cifras o guarismos, ni contabilizada en documentos. Lo que nos diste es tan inmensurable que no se puede inventariar, ni se deposita en cuentas bancarias. Nos dejaste algo más profundo: una digna forma de vivir, una manera de mirar y valorar el mundo, el invaluable confort de una esencia ética silenciosa que se transmite sin palabras.
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Tu insuperable fortuna fue tu loable paradigma. En cada gesto cotidiano, en cada consejo pronunciado con dulzura, en cada sacrificio que hiciste sin anunciarlo, nos enseñaste que el amor no se presume, se practica. Que la dignidad no se infringe ni se comercializa, se encarna. Que la fe no se impone, se respira…
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Por eso, madre de mi alma y de mi esperanza, nunca he sentido la necesidad de hablar de lo que dejaste o no en papeles. Porque lo que permanece en mí no está escrito en testamentos, sino grabado en la memoria de tus actos. Y si alguna vez alguien pregunta qué nos heredaste, les diré que nos dejaste la forma más pura de riqueza: la certeza de haber sido amados y formados por ti, bajo el precepto de que la gratitud y la lealtad constituyen fundamentos sagrados de la dignidad humana…
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Tu legado no se mide, se conserva, se vive. Y mientras yo viva, tú seguirás siendo la brújula fiel que me guía, la divina luz que me alumbra, la raíz que me sostiene, el murmullo del silencio que me abraza…
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Prof. Juan Juan C. Benzán
Obrero de la literatura
Distrito Municipal Hato del Padre
San Juan de la Maguana, R.D.

Categorías: Locales
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