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A menos de un año para el Clásico Mundial de Béisbol 2026, la pregunta ya no se puede esquivar:
¿qué le está pasando al pelotero dominicano cuando se trata de representar su país?
Mientras Estados Unidos arma sin titubeos un equipo de guerra —con lanzadores Cy Young, súper estrellas y figuras que no ponen excusas—, en República Dominicana abundan los silencios, las negativas y las evasivas. Allá se habla de orgullo, aquí se habla de “riesgos”, “descanso” y “negocios”. Allá juegan por la bandera; aquí, muchos parecen jugar solo por el contrato.
Lo más doloroso es que talento sí hay, y de sobra. Pero cada semana aparece una nueva baja: Freddy Peralta, Jhoan Durán, Teoscar Hernández, Willy Adames, Rafael Devers, entre otros. Peloteros jóvenes, sanos, millonarios… pero ausentes. Entonces surge la comparación inevitable: Miguel Tejada, MVP de Grandes Ligas, que el mismo año se fajó con las Águilas y con la selección nacional. Por algo lo llamaron el pelotero de la patria. Eso no era marketing: era amor por el país.
Hoy, el contraste es vergonzoso. El jugador mejor pagado del béisbol, Juan Soto, ya dijo “sí”. No buscó excusas, no puso condiciones. Simplemente entendió que representar a la República Dominicana es un honor. La pregunta es incómoda, pero necesaria: si Soto puede, ¿por qué los demás no? ¿Desde cuándo vestir el uniforme nacional dejó de ser prioridad?
El Clásico Mundial no es un juego de exhibición. Es historia, es legado, es identidad. El país está por encima de cualquier cláusula, de cualquier asesor y de cualquier miedo. Si no van, que lo digan claro. Pero que nadie pretenda luego llamarse líder, referente o ídolo del pueblo dominicano.
Porque el talento gana juegos,
pero el compromiso gana respeto.
Y hoy, lamentablemente, a muchos peloteros dominicanos la patria les duele poco… o no les duele nada.
Por: Cristhian Sánchez

