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LA PALABRA CADA DÍA
XXII Semana. Tiempo Ordinario
“Confiemos siempre en la misericordia del Señor”
(Fiesta: Natividad de la Santísima Virgen María)
Viernes, 8 de septiembre del 2023
Color: BLANCO
Primera lectura: Miq 5, 1-4a
Lectura del Profeta Miqueas
Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz”.
Palabra de Dios
(O bien Romanos 8,28-30)
Salmo Responsorial: 12, 6ab.6cd
R/. Desbordo de gozo con el Señor
Porque yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio. R/.
Y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho. R/.
Evangelio: Mt 1, 1-16.18-23
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey, David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.
Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mira: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.
Palabra del Señor
“Bendita entre todas las mujeres”
¡Cómo la obra de Dios está entretejida en la historia humana, y cómo Dios actúa en el secreto y en el silencio de cada día! Al mismo tiempo, vemos su seriedad en cumplir sus promesas. Incluso Rut y Rahab (cf. Mt 1,5), extranjeras convertidas a la fe en el único Dios (¡y Rahab era una prostituta!), son antepasados del Salvador.
El Espíritu Santo, que había de realizar en María la Encarnación del Hijo, penetró, pues, en nuestra historia desde muy lejos, desde muy pronto, y trazó una ruta hasta llegar a María de Nazaret y, a través de Ella, a su hijo Jesús. «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel» (Mt 1,23). ¡Cuán espiritualmente delicadas debían ser las entrañas de María, su corazón y su voluntad, hasta el punto de atraer la atención del Padre y convertirla en madre del “Dios-con-los-hombres”! Él que tenía que llevar la luz y la gracia sobrenaturales para la salvación de todos. Todo, en esta obra, nos lleva a contemplar, admirar y adorar, en la oración, la grandeza, la generosidad y la sencillez de la acción divina, que enaltece y rescatará nuestra estirpe humana implicándose de una manera personal.
Más allá, en el Evangelio de hoy, vemos cómo fue notificado a María que traería a Dios, el Salvador del Pueblo. Y pensemos que esta mujer, virgen y madre de Jesús, tenía que ser a la vez nuestra madre. Esta especial elección de María —«bendita entre todas las mujeres» (Lc 1,42)— hace que nos admiremos de la ternura de Dios en su manera de proceder; porque no nos redimió —por así decirlo— “a distancia”, sino vinculándose personalmente con nuestra familia y nuestra historia.
¿Quién podía imaginar que Dios iba a ser al mismo tiempo tan grande y tan condescendiente, acercándose íntimamente a nosotros? La fiesta de la Natividad de la Virgen María, aunque no se mencione en la Biblia, el día y el mes en que nació, es una fiesta que se desprende, de la más elemental lógica humana. La Madre del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo, debió tener un nacimiento en un día y en un mes en concreto. La Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, coloca el nacimiento de la Madre de Dios en este día 8 de septiembre. Al conmemorar esta fiesta, nos está diciendo muchas cosas. Veamos:
• Que su nacimiento, marca y da inicio a los planes de salvación de Dios Padre y creador. Que ella, la Madre de Jesús, es tan humana como nosotros; es decir, que ella es de nuestra misma condición, plenamente humana. Que es una mujer, de un pueblo, como tú y como yo, que es una mujer de fe, llena de esperanza y de mucho amor. Que supo ponerse en entera disposición a lo que el Señor le pudiese pedir. Por su Sí incondicional, se realiza el plan de salvación.
• Con su nacimiento abre el camino para que los proyectos y planes salvíficos se hagan realidad. Su nacimiento es una apertura hacia la vida de Gracia y santidad a la cual, Dios nos llama y de la cual María nos da ejemplo.
Celebremos con gozo esta fiesta y regocijémonos porque la que dijo Sí al Señor, está entre nosotros.
(Guía Litúrgica)
“El Cristo Resucitado y que vive en la comunidad nos conceda su bendición abundante”✍

