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“No creo en falsos predicadores ni en el cínico arrepentimiento”
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En cuanto a El Arrepentimiento Final y la Justicia Divina (mayúsculas mías), confieso que creo fehacientemente en un único Dios verdadero, Todopoderoso y Omnipotente. Mi fe se sostiene en la certeza de su infinita misericordia, pero también en la firmeza de su justicia. Sin embargo, discrepo profundamente con la doctrina sostenida por algunos textos bíblicos y mal denominados cristianos que afirman que basta arrepentirse en el lecho de muerte para alcanzar la salvación. A mi entender, tal interpretación, lejos de honrar la grandeza divina, abre la puerta a la perversión moral y toda clase de iniquidad humana: delincuentes y malhechores podrían cometer iniquidades a diario, confiados en que un arrepentimiento tardío les abrirá las puertas del cielo.
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En cuanto al fundamento bíblico y su interpretación, considero que
"el pasaje del ladrón arrepentido en la cruz" ha sido usado como argumento para sostener que el arrepentimiento final basta para la salvación o para obtener vida eterna. Pero convertir un hecho excepcional en regla general es un error hermenéutico. La Escritura enseña que el arrepentimiento es un cambio profundo de corazón y de vida, no un cálculo interesado en el último instante. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mateo 7:21).
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Abrigo el disenso categórico frente al precepto del arrepentimiento final. Disiento cabalmente de ese precepto bíblico que algunos cínicos e hipócritas aviesos invocan como salvoconducto de última hora. Tal doctrina, mal entendida y peor aplicada, ha servido de escudo para consuetudinarios malhechores, criminales, ladrones, ingratos, perversos e hipócritas seres humanos que amparados en la esperanza de un arrepentimiento tardío o final, se entregan diariamente a la abominable iniquidad cotidiana en sus diversas facetas. Pretenden que una palabra final borre una vida entera de vilezas, como si la justicia divina pudiera ser burlada con un macabro cálculo humano. Esa visión no honra al Dios verdadero, sino que lo reduce a un simple cómplice de la perversidad y la colusión.
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El riesgo moral del arrepentimiento tardío abriga la malsana idea de que basta arrepentirse al final o en el umbral de la muerte para convertir la misericordia divina en licencia para pecar. Bajo esa ilógica lógica, el mal se perpetúa con la esperanza de un perdón automático. Pero Dios no puede ser burlado: su justicia exige sinceridad, propósito de enmienda y fidelidad. El arrepentimiento superficial, verbal y sin auténtica transformación, no es arrepentimiento verdadero, es una ironía ante Dios.
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La sagrada naturaleza del arrepentimiento en su sentido más profundo es metanoia: un cambio radical de mente, corazón y conducta. No se trata de una fórmula mágica enunciada en el umbral o en la estancia del último suspiro, sino de una vida orientada hacia la bondad, la verdad y la justicia. La fe auténtica se demuestra en obras, en coherencia, en integridad, en solidaridad humana.
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Dios es infinitamente misericordioso, pero también justo. La misericordia no anula la justicia, la complementa. La salvación no es un fácil escape preñado de hipocresía ni un recurso de última hora, sino un camino de fidelidad y transformación. Quien pretende engañar a Dios con un tardío arrepentimiento calculado, en realidad se engaña a sí mismo.
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En síntesis, como creyente fiel en el Dios único y omnipotente, rechazo categóricamente la doctrina del arrepentimiento final como garantía de salvación o vida eterna. La verdadera fe se vive en la integridad cotidiana, en la coherencia de las obras, en la fidelidad constante. La justicia divina no se negocia con cínicas palabras baldías; se honra con una vida justa, cimentada en la fe verdadera hacia Dios y su eterna existencia omnipresente. La salvación es don de Dios, pero exige autenticidad, no simulacro ni el flagelo del cinismo impío…
Prof. Juan C. Benzán
Obrero de la literatura.

