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LA PALABRA CADA DÍA
IV Semana. Tiempo Ordinario. Año II
“No pudo hacer allí ningún milagro”
Miércoles, 4 de febrero de 2025
Color: VERDE
Primera Lectura: 2Sam 24,2.9-17
Lectura del Segundo Libro de Samuel
En aquellos días, el rey ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: «Vayan por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo».
Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil. Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia, y dijo al señor: «He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque he hecho una locura».
Antes que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor: «Vete a decir a David: Así dice el señor: Te propongo tres castigos; elige uno y yo lo ejecutaré».
Gad se presentó a David y le notificó: «¿Qué castigo escoges: tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres días de peste en tu territorio: ¿Qué le respondo al Señor que me ha enviado?»
David contestó: «Estoy en un gran apuro. Mejor es caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres.» El Señor Mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y, desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo.
El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla. Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor: «¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mí y sobre mi familia».
El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel que estaba asolando a la población: «¡Basta! ¡Detén tu mano!»
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 31,1b-2.5.6.7
R/. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado
Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. y en cuyo espíritu no hay engaño. R/.
Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.
Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. R/.
Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. R/.
Evangelio: Mc 6,1-6
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Palabra del Señor
“No pudo hacer allí ningún milagro”
La Palabra de Dios cada día nos sorprende más, hoy con dos mensajes importantes sobre la duda o desconfianza en Dios y sobre la falta de fe.
En la primera lectura se nos presenta al rey David que desconfía, y por tal razón envía a realizar un censo para saber con cuantos hombres hábiles para la guerra cuenta Israel; pero el rey se da cuenta que al realizar tal mandato ha cometido un grave error, no porque Israel tenga un pueblo o ejército más numeroso que Judá, sino porque ha desconfiado de Dios. Ha dudado, pero lo ha reconocido. Una vez más la grandeza de David se manifiesta en el hecho de saber reconocer sus faltas. Pecador, como todos los hombres, pero lúcido y leal, que reconoce que es mejor caer en las manos de Dios que la de los hombres, porque grande es la misericordia del Señor.
En el Evangelio podemos notar que la fe no se obtiene por herencia, sino que es un don de Dios, y ese don hay que cultivarlo. Para que pueda hacer posible las maravillas de Dios.
Nótese que en el Evangelio se pone a Jesús decir concretamente: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Y añade el Evangelista que: “no pudo hacer allí ningún milagro, fuera que a algunos enfermos les impuso las manos y los curó, por su falta de fe”.
Esta imposibilidad de hacer milagros no viene de que no tenga ya poder para ello… sino que se relaciona con la falta de fe. El milagro supone la fe. Pero no se trata de una condición, como si la confianza del enfermo condicionara el éxito de su curación. De hecho, es que el milagro ya no tendría ninguna significación: La fe es necesaria para comprenderlo, para recibirlo.
Por eso hemos de pedir al Señor cada día que nos aumente la fe, que podamos tener una fe grande, fuerte, sólida; capaz de arrancarle a Jesús el milagro que necesitamos de Él.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍

