«No viene a condenar, sino a sanar y a reconciliar»

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LA PALABRA CADA DÍA

Feria de Navidad

El Santísimo Nombre de Jesús

«No viene a condenar, sino a sanar y a reconciliar»

Sábado, 3 de enero del 2026

Color: BLANCO

Primera lectura: 1Jn 2,29;3,1-6
Lectura de la Primera Carta de Juan

Queridos Hermanos: Si saben que él es justo, reconozcan que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a Él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en Él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y saben que Él se manifestó para quitar los pecados, y en Él no hay pecado. Todo el que permanece en Él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 97,1.3cd-6
R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

Canten al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R/.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, griten, vitoreen, toquen. R/.
Tañan la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas
aclamen al Rey y Señor. R/.

Evangelio: Jn 1,29-34
Lectura del Santo Evangelio según San Juan

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo". Y yo lo he visto, y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor


«No viene a condenar, sino a sanar y a reconciliar»

Hemos sido llamados hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Esta palabra, con la que iniciamos el año 2026, abre ante nosotros un horizonte de esperanza: nuestra vida está en camino, sostenida por la gracia del bautismo y guiada por el Espíritu, hacia la plenitud de la santidad. No somos cualquier pueblo; somos un pueblo que vive la santidad y experimenta, desde el bautismo, la fuerza de su caminar. Esa identidad se vuelve una tarea diaria: creer que Dios nos ama, dejar que su amor transforme nuestras decisiones y caminar juntos, como Iglesia, en clave de sinodalidad.
Ser hijos significa reconocernos amados, llamados por nuestro nombre y destinados a parecernos a Cristo. Aún no se ha manifestado lo que seremos, pero ya ahora el Padre nos concede su Espíritu para purificar el corazón, fortalecer la esperanza y sostenernos en la lucha contra el pecado. Cada gesto de justicia, de perdón y de servicio es un paso concreto en ese camino de santidad. María, modelo del bautizado, vivió su identidad de hija confiando plenamente y dejándose conducir por el Espíritu que vino sobre ella. En su vida, la santidad no fue algo extraordinario, sino una fidelidad cotidiana y sencilla.
En este mismo horizonte aparece la figura de Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En la tradición bíblica, el cordero evoca la mansedumbre, la entrega y el sacrificio que se ofrece por la salvación del pueblo. Al señalar a Jesús como Cordero, Juan Bautista proclama que Él carga sobre sí el pecado, el peso, la culpa y las heridas de toda la humanidad para liberarnos. No viene a condenar, sino a sanar y a reconciliar. Este Cordero es también el Hijo amado, lleno del Espíritu, sobre quien desciende y permanece la fuerza de lo alto. Por eso, su bautismo inaugura un tiempo nuevo: Él bautiza con el Espíritu Santo, nos incorpora a su propia vida y nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado.
Ser bautizados significa, entonces, vivir unidos al Cordero, dejarnos purificar por su amor y aprender de su mansedumbre. En la vida diaria, esto se expresa en decisiones concretas: renunciar al rencor, buscar la justicia sin recurrir a la violencia, cuidar la verdad, servir a los más pequeños. La sinodalidad, camino de santidad, se hace visible cuando el pueblo de Dios camina unido, se escucha, discierne y se apoya mutuamente para permanecer en Cristo.
Mientras el salmo proclama que los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios, la Iglesia peregrina en la República Dominicana inicia este año renovando su confianza en el Espíritu Santo que vendrá sobre nosotros. Mirando a María, modelo del bautizado, pedimos la gracia de vivir como hijos y hermanos; mirando al Cordero de Dios, ofrecemos nuestra vida para que Él quite el pecado del mundo también a través de nuestra entrega humilde. Así, paso a paso, nuestro pueblo se convierte en un signo vivo de la santidad de Dios en medio de la historia.

(Guía Litúrgica)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍