“Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres”

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LA PALABRA CADA DÍA

XXXIIV Semana. Tiempo Ordinario

“Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres”

Lunes, 24 de noviembre del 2025

Color: VERDE o ROJO

Primera lectura: Dn 1,1-6.8-20
Comienzo de la Profecía de Daniel

El año tercero del reinado de Joaquín, rey de Judá, llegó a Jerusalén Nabucodonosor, rey de Babilonia, y la asedió. El Señor entregó en su poder a Joaquín de Judá y todo el ajuar que quedaba en el templo; se los llevó a Senaar, y el ajuar del templo lo metió en el tesoro del templo de su dios. El rey ordenó a Aspenaz, jefe de eunucos, seleccionar algunos israelitas de sangre real y de la nobleza, jóvenes, perfectamente sanos, de buen tipo, bien formado en la sabiduría, culto e inteligente y apto para servir en palacio, y ordenó que les enseñasen la lengua y literatura caldeas. Cada día el rey les pasaría una ración de comida y de vino de la mesa real. Su educación duraría tres años, al cabo de los cuales, pasarían a servir al rey. Entre ellos, había unos judíos: Daniel, Ananías, Misael y Azarías. Daniel hizo propósito de no contaminarse con los manjares y el vino de la mesa real, y pidió al jefe de eunucos que lo dispensase de esa contaminación.
El jefe de eunucos, movido por Dios, se compadeció de Daniel y le dijo: «Tengo miedo al rey, mi señor, que les ha asignado la ración de comida y bebida; si los ve más flacos que sus compañeros, me juego la cabeza.» Daniel dijo al guardia que el jefe de eunucos había designado para cuidarlo a él, a Ananías, a Misael y a Azarías: «Haz una prueba con nosotros durante diez días: que nos den legumbres para comer y agua para beber.
Compara después nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen de la mesa real y trátanos luego según el resultado.» Aceptó la propuesta e hizo la prueba durante diez días. Al acabar, tenían mejor aspecto y estaban más gordos que los jóvenes que comían de la mesa real. Así que les retiró la ración de comida y de vino y les dio legumbres. Dios les concedió a los cuatro un conocimiento profundo de todos los libros del saber. Daniel sabía además interpretar visiones y sueños. Al cumplirse el plazo señalado por el rey, el jefe de eunucos se los presentó a Nabucodonosor.
Después de conversar con ellos, el rey no encontró ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías, y los tomó a su servicio. Y en todas las cuestiones y problemas que el rey les proponía, lo hacían diez veces mejor que todos los magos y adivinos de todo el reino.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: Daniel 3,52.53.54.55.56

R/. A ti gloria y alabanza por los siglos

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, bendito tu nombre Santoy glorioso. R/.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R/.
Bendito eres sobre el trono de tu reino. R/.
Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos. R/.
Bendito eres en la bóveda del cielo. R/.

Evangelio: Lc 21,1-4
Lectura de Santo Evangelio según San Lucas

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: «Sepan que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor


“Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres”

Mucho hemos oído hablar del amor. Hoy, en la viuda del Evangelio, el Señor nos revela el verdadero sentido del amor: dar sin límites, esperar sin límites. Ella ofrenda desde su necesidad, desde su propia escasez. Dio todo lo que tenía para vivir. Es difícil imaginar que alguien pueda donarse en esta medida. Sin embargo, este gesto nos invita a reflexionar como comunidad de fe: ¿qué tanto estamos dispuestos a entregar, no de lo que nos sobra, sino de lo que somos y necesitamos?
El mundo nos arrastra a pensar primero en nosotros mismos, en cómo alcanzar nuestras metas, cómo asegurarnos un futuro más cómodo, cómo mantener el control de todo a través de nuestros propios esfuerzos. Nos preocupamos demasiado por acumular bienes, por garantizar nuestra seguridad, y con frecuencia olvidamos a quienes más nos necesitan. Nos cuesta sacrificar nuestro tiempo, nuestras comodidades y hasta nuestros talentos para ponerlos al servicio de quienes están solos, enfermos, presos, hambrientos o desvalidos.
La viuda del Evangelio, siendo pobre y pasando necesidad, confió en Dios y lo dio todo. No se detuvo en sus carencias, sino que buscó agradar al Señor. Su corazón estaba lleno de fe, y eso la impulsó a olvidarse de sí misma para donarse. En ella descubrimos que el amor verdadero no se mide por la cantidad de lo que damos, sino por la generosidad del corazón con que lo entregamos.
La primera lectura también ilumina nuestra reflexión. Daniel, Ananías, Misael y Azarías, aun en medio de un mundo que les ofrecía placeres y privilegios, decidieron mantenerse fieles al Señor. No se dejaron seducir por los manjares de la mesa del rey, porque lo más importante para ellos era preservar su fidelidad y pureza ante Dios. Y el Señor les recompensó con sabiduría, entendimiento y gracia. No fue la comida lo que los fortaleció, sino la fe y la confianza puesta en el Dios de la vida.
Como comunidad creyente, estamos invitados a seguir estos ejemplos. Que, como la viuda y como los jóvenes hebreos, aprendamos a poner nuestra confianza total en Dios. Que no nos aferremos únicamente a nuestros bienes materiales, sino que sepamos ofrecer nuestro tiempo, nuestras capacidades y hasta nuestras limitaciones como ofrenda viva para el bien del prójimo.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita comunidades que vivan el amor sin medida: familias que se entreguen con generosidad, parroquias que se donen en servicio, creyentes que no teman dar hasta lo poco que tienen, porque confían plenamente en que el Señor no abandona a los que le sirven con amor.
Que nuestra oración sea como el canto de Daniel en el Salmo: “A ti gloria y alabanza por los siglos”. Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres. Que nuestra vida entera sea un canto de alabanza y una ofrenda de amor.

(Guía Litúrgica)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍