X

No olvides sin remedio la vida de tus pobres

LA PALABRA CADA DÍA

XII Semana. Tiempo Ordinario

“Nada hay más humano que sentirnos abandonados”

Viernes, 26 de junio de 2026

Color: VERDE/ROJO

Primera Lectura: Lam 2,2.10-14.18-19
Lectura de las Lamentaciones

El Señor destruyó sin compasión todas las moradas de Jacob, con su indignación demolió las plazas fuertes de Judá; derribó por tierra, deshonrados, al rey y a los príncipes. Los ancianos de Sión se sientan en el suelo, silenciosos, se echan polvo en la cabeza y se visten de sayal; las doncellas de Jerusalén humillan hasta el suelo la cabeza. Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas; se derrama por tierra mi hiel, por la ruina de la capital de mi pueblo; muchachos y niños de pecho desfallecen por las calles de la ciudad. Preguntaban a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras desfallecían, como los heridos, por las calles de la ciudad, mientras expiraban en brazos de sus madres.
¿Quién se te iguala, quién se te asemeja, ciudad de Jerusalén? ¿A quién te compararé, para consolarte, Sión, la doncella? Inmensa como el mar es tu desgracia: ¿quién podrá curarte? Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas; y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte, sino que te anunciaban visiones falsas y seductoras.
Grita con toda el alma al Señor, laméntate, Sión; derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; no te concedas reposo, no descansen tus ojos. Levántate y grita de noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta hacia él las manos por la vida de tus niños, desfallecidos de hambre en las encrucijadas.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 73,1-2.3-5a.5b-7.20-21

R/. No olvides sin remedio la vida de tus pobres

¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados, y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño? Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, de la tribu que rescataste para posesión tuya, del monte Sión donde pusiste tu morada. R/.
Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio; el enemigo ha arrasado del todo el santuario. Rugían los agresores en medio de tu asamblea, levantaron sus propios estandartes. R/.
En la entrada superior abatieron a hachazos el entramado; después, con martillos y mazas, destrozaron todas las esculturas. Prendieron fuego a tu santuario, derribaron y profanaron la morada de tu nombre. R/.
Piensa en tu alianza: que los rincones del país están llenos de violencias. Que el humilde no se marche defraudado, que pobres y afligidos alaben tu nombre. R/.

Evangelio: Mt 8,5-17
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Les aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Y al centurión le dijo: «Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».

Palabra del Señor


“Nada hay más humano que sentirnos abandonados”

Quizás pueda parecer un tanto desconcertante lo que hoy canta el salmista: «¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados y arde tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?». ¿Cómo es posible que el Dios del amor y de la misericordia se olvide de nosotros? ¿Cómo entender que el Señor parezca destruir sin compasión?
La Biblia fue escrita por personas que, al igual que nosotros hoy, experimentaban decepciones, angustias, confusiones, necesidades humanas, momentos de cercanía y también de aparente alejamiento de Dios. En definitiva, eran personas de carne y hueso que interpretaban los signos de su tiempo desde su propia experiencia de fe y desde su percepción, muchas veces subjetiva, de la presencia de Dios.
Nada hay más humano que sentirnos abandonados. Nada más profundo que pensar que no somos comprendidos o que nuestros esfuerzos han sido en vano. También es muy humano anhelar lo mejor y atribuir a causas externas aquello que nos sucede.
Ante nuestras dudas, incomprensiones y deseos no cumplidos, tendemos a buscar culpables y razones que justifiquen nuestra situación. Con frecuencia necesitamos aliviar nuestro dolor proyectándolo sobre los demás. Sin embargo, Dios no es como muchas veces lo imaginamos. Y esto mismo llegaron a comprender los hagiógrafos, los autores sagrados. Aunque, en ocasiones, proyectan sobre Dios los sentimientos que llevan en su interior, los salmistas terminan siempre reconociendo que Él es amor, misericordia, justicia, compasión, alegría y fidelidad a su alianza; en definitiva, todo lo contrario de aquello que, momentáneamente, experimentaban.
El Evangelio de hoy nos revela el verdadero rostro de Dios a través de las acciones de Jesús. Es un Dios que no desprecia a nadie: pobres o ricos, débiles o fuertes, sanos o enfermos, hombres o mujeres, locales o extranjeros. Hoy Jesús se acerca con compasión a un centurión romano, un invasor extranjero, sin dejarse llevar por prejuicios ni discriminaciones. No se fija en las apariencias ni se deja influir por las voces críticas de quienes lo rodean. Más bien, escruta el corazón del centurión, comprende su necesidad, acoge su súplica y queda admirado de su fe.
Es la fe la que sana, la que orienta, la que nos saca de las tinieblas, la que nos levanta y nos hace confiar en la fuerza transformadora de la Palabra de Dios.
A pesar de los momentos de desconcierto, angustia o confusión, Dios no cambia. Él permanece siempre fiel. Se acerca, escucha, mira con amor, llama y se deja admirar por nuestra fe. Ojalá que esa admiración de Dios nazca siempre de la alegría de contemplar que hemos acogido su Palabra y que nuestras obras reflejan su amor y su compasión.

(Guía Litúrgica)

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍

Categorías: Nacionales
admin:
X

Headline

You can control the ways in which we improve and personalize your experience. Please choose whether you wish to allow the following:

Privacy Settings