LA PALABRA DIARIA
Martes, XXXII Semana. Tiempo ordinario
Color: BLANCO
9 de noviembre de 2021
Fiesta: Dedicación de la Basílica de Letrán
Primera lectura: Ez 47,1-2.8-9.12
Lectura del profeta Ezequiel
En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.
Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 45,2-3.5-6.8-9
R/. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos, aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar. R/.
El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.
El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Vengan a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe. R/.
Segunda lectura: I Cor 3, 9c-11.16-17
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios
Hermanos: Ustedes son edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. ¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo es ustedes.
Palabra de Dios
Evangelio: Jn 2, 13-22
Lectura del santo Evangelio según san Juan
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado la construcción del templo, ¿y piensas tú reconstruirlo en tres días?»
Pero el templo del que Jesús hablaba era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de lo que había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Palabra del Señor
“No conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 13-22)
Las lecturas de hoy tienen un tema común: “Templo”. Ezequiel habla de un hombre que lo llevó a la entrada del TEMPLO; Pablo nos recuerda que somos TEMPLO del Espíritu Santo, y Juan, en el evangelio, nos refiere al TEMPLO de Jerusalén.
Llama la atención la indignación de Jesús al ver cómo los mercaderes profanaban el Templo de Jerusalén.
El templo es casa de Dios; lugar de oración y recogimiento, donde la comunidad va a rezar y alabar al Señor. Todo esto lo sabemos. Pero a veces nos convertimos en mercaderes que irrespetamos la solemnidad, por ejemplo, de nuestro propio templo parroquial.
Por nuestra condición de bautizados, cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo. Podemos decir que nuestra FAMILIA, iglesia doméstica, es también nuestro templo al que debemos dedicación, atención, y respeto.
Jesús era muy observador de todo lo que acontecía a su alrededor. Si hiciéramos como Él, al ir a alguna celebración eucarística al templo de nuestra parroquia, nos daríamos cuenta que muchas veces podemos encontrar una diversidad de “mercaderes”: personas que irrespetan la solemnidad del lugar con vestimentas inadecuadas, otros que llevan sus “botellitas” de agua para paliar la sed, otros masticando goma de mascar durante toda la celebración, otros repartiendo boletos de rifas pro recaudación de fondos, otros hablando por teléfono durante la celebración, otros conversando animadamente con amigos o familiares.
En otras ocasiones asumimos actitudes de un “sutil y piadoso mercader” cuando vamos al templo a “negociar” con Dios, a conseguir de Él lo que pedimos.
La forma de descubrir si he sido o no un “mercader”, al participar de la celebración eucarística, es si me siento tocado para ser una mejor persona y tener en cuenta a los demás, siendo testimonio vivo del Evangelio de Jesús y vivir mi SER FAMILIA en mi hogar. Si salgo igual como entré debo cuestionarme, porque probablemente actué como un “mercader”.
¿Y qué decir del “templo” del Espíritu Santo en que mi cuerpo se convirtió a través del sacramento del bautismo? ¿Lo estoy cuidando como tal o por el contrario actúo de manera irresponsable cometiendo excesos de toda naturaleza? ¡Qué privilegio tan grande! ¡El mismo Dios nos ha escogido para vivir en nuestro interior, para bendecirnos!
Sigamos siendo parte de ese otro gran templo al que pertenecemos: ¡La Iglesia! Aquí cada uno de nosotros está llamado a ejercer una función y a vivir de acuerdo con la vocación a la que Dios nos llama. Recordemos que “El Señor de los ejércitos está con nosotros” (Sal 45,8).
Qué el Espíritu Santo nos ayude a cuidar de nuestra Pequeña Iglesia Doméstica: ¡la familia, y nos ayude también a honrar siempre a padre y madre! Amén.
(Guía mensual)
“Que Dios llene de paz tu casa y te bendiga grandemente, Él que vive y ama por los siglos de los siglos. Amén” ✍