LA PALABRA CADA DÍA
XI Semana. Tiempo Ordinario
“Amor a nuestros enemigos”
Martes, 16 de junio de 2026
Color: VERDE
Primera Lectura: 1Re 21,17-29
Lectura del Primer Libro de los Reyes
Después de la muerte de Nabot, el Señor dirigió la palabra a Elías, el tesbita: «Anda, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que vive en Samaria. Mira, está en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión. Dile: Así dice el Señor: ¿Has asesinado, y encima robas? Por eso, así dice el Señor: En el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también los perros te lamerán la sangre.»
Ajab dijo a Elías: «¡Con que me has sorprendido, enemigo mío!» Y Elías repuso: «¡Te he sorprendido! Por haberte vendido, haciendo lo que el Señor reprueba, aquí estoy para castigarte; te dejaré sin descendencia, te exterminaré todo israelita varón, esclavo o libre. Haré con tu casa como con la de Jeroboán, hijo de Nabal, y la de Basá, hijo de Ajías, porque me has irritado y has hecho pecar a Israel.
También ha hablado el Señor contra Jezabel: Los perros la devorarán en el campo de Yezrael. A los de Ajab que mueran en poblado los devorarán los perros, y a los que mueran en descampado los devorarán las aves del cielo.» Y es que no hubo otro que se vendiera como Ajab para hacer lo que el Señor reprueba, empujado por su mujer Jezabel. Procedió de manera abominable, siguiendo a los ídolos, igual que hacían los amorreos, a quienes el Señor había expulsado ante los israelitas.
En cuanto Ajab oyó aquellas palabras, se rasgó las vestiduras, se vistió un sayal y ayunó; se acostaba con el sayal puesto y andaba taciturno. El Señor dirigió la palabra a Elías, el tesbita: «¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no lo castigaré mientras viva; castigaré a su familia en tiempo de su hijo».
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 50,3-4.5-6a.11 y 16
R/. Misericordia, Señor, hemos pecado
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R/.
Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. R/.
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. Líbrame de la sangre, oh, Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. R/.
Evangelio: Mt 5,43-48
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que les aborrecen y recen por los que les persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a su hermano, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto».
Palabra del Señor
“Amor a nuestros enemigos”
Si pensáramos en los medios para alcanzar la salvación o redimir nuestras culpas, las lecturas planteadas nos dan pinceladas acertadas. Cuando utilizamos los recursos que consideramos pertinentes para obtener poder, el objeto que deseamos, el placer o lujo anhelado, sean estos medios desviados del camino de Dios, fuera de su gracia, pensamos que no seremos juzgados porque nadie nos ve o nadie sabrá de nuestras malas acciones.
La lectura tomada hoy del primer libro de los Reyes (21,17-29) nos brinda el escenario perfecto para recordarnos que podemos ser sorprendidos infraganti, como el rey Ajab. Así como Dios perdonó al rey, puede borrar esas culpas que cargamos por nuestro accionar, cuando reconocemos nuestros pecados y nuestra pequeñez ante Él.
Otra clave que el evangelista San Mateo (5,43-48) nos brinda para alcanzar la salvación es el amor a nuestros enemigos. Dar una rosa sin espinas a quien nos ha dado un ramo solo con espinas, es un acto extraordinario y que humanamente cuesta mucho. Esto exige un cambio en nuestro pensamiento, implica que nuestra respuesta sea actuar como Jesús, que perdonó y amó a todos, hasta el extremo de una cruz.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍