LA PALABRA CADA DÍA
I Semana. Tiempo Ordinario. Año II
“La verdadera autoridad de Cristo es el poder para sanar”
Martes, 13 de enero del 2026
Color: BLANCO
Primera lectura: 1Sam 1,9-20
Lectura del Primer Libro de Samuel
En aquellos días, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla junto a la puerta del templo del Señor, Ana se levantó y, desconsolada, rezó al Señor deshaciéndose en lágrimas e hizo este voto: «Señor de los Ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu esclava, si te acuerdas de mí y no me olvidas, si concedes a tu esclava un hijo varón, se lo ofreceré al Señor para toda la vida y la navaja no pasará por su cabeza». Mientras repetía su oración al Señor, Elí la observaba. Ana hablaba para sus adentros: movía los labios, sin que se oyera su voz. Elí, creyendo que estaba borracha, le dijo: «¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Devuelve el vino que has bebido». Ana respondió: «No es eso, señor; no he bebido vino ni licores; lo que pasa es que estoy afligida y me desahogo con el Señor. No me tengas por una mujer perdida, que hasta ahora he hablado movida por mi gran desazón y pesadumbre.» Entonces dijo Elí: «Vete en paz. Que el Señor de Israel te conceda lo que le has pedido». Y ella respondió: «Que tu sierva halle gracia ante ti». La mujer se marchó, comió, y se transformó su semblante. A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a su casa de Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella. Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo: «¡Al Señor se lo pedí!»
Palabra de Dios
O Bien:
Lecturas a libre elección del común de la Virgen o el Leccionario de las misas de la Virgen
Salmo Responsorial: 1 Sam 2,1.4-5.6-7.8abcd
R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador
Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación. R/.
Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía. R/.
El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece. R/.
Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria. R/.
Evangelio: Mc 1,21-28
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos
Llegó Jesús a Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: El Santo de Dios». Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él». El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Palabra del Señor
“La verdadera autoridad de Cristo es el poder para sanar”
“Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador.” Esta oración de Ana resume el camino que muestran hoy las lecturas: Dios acoge el clamor profundo del corazón y lo transforma en gozo y esperanza. Ana llega al templo cargada de tristeza, incomprendida, bajo el peso de una larga espera. No esconde su dolor: se desahoga ante el Señor, abre su alma sin máscaras y confía hasta el punto de hacer de su deseo una ofrenda. En lugar de encerrarse en la amargura, convierte su sufrimiento en oración.
El relato muestra un detalle muy humano: el sacerdote Elí primero la malinterpreta y luego la bendice. También en nuestra vida hay momentos en que otros no entienden lo que llevamos dentro. Sin embargo, la historia de Ana recuerda que lo decisivo no es ser comprendidos por todos, sino saber que Dios sí ve, escucha y se acuerda. Al salir del templo, “se transformó su semblante”: aún no ha recibido al hijo que pide, pero la confianza en Dios ya ha comenzado a transformarla por dentro.
El cántico que hoy rezamos como salmo recoge esta experiencia de transformación: Dios rompe los esquemas, levanta al débil, enaltece al humilde, hace fecunda la esterilidad y saca del polvo al desvalido. Así actúa el Señor en la historia de los pueblos y en las historias personales. Un pueblo que vive la santidad y experimenta, desde el bautismo, la fuerza de su caminar se reconoce sostenido por este Dios que da la vida, levanta y restaura.
Hoy Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaúm y su palabra sorprende a todos: enseña con autoridad. Esa autoridad no es dominio ni imposición, sino coherencia entre lo que dice y lo que hace, entre su palabra y su corazón. Su presencia pone al descubierto lo que oprime al hombre: el espíritu inmundo se resiste y grita, pero la voz de Jesús, serena y firme, libera. La verdadera autoridad de Cristo es el poder para sanar, para devolver la dignidad, para abrir un futuro donde antes solo había esclavitud y miedo.
En este horizonte, el lema “Bautismo y sinodalidad, camino de santidad” adquiere contenido concreto. Por el bautismo, Dios ha derramado su Espíritu sobre nosotros para que podamos vivir confiando como Ana y dejarnos liberar como aquel hombre de la sinagoga. Caminar en sinodalidad significa acompañarnos unos a otros en este proceso: sostener al que ora entre lágrimas, discernir juntos lo que oprime y ayudar a abrir espacio a la palabra de Jesús que libera y pacifica.
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti” es una promesa para cada bautizado. Ese Espíritu actúa en lo escondido, transforma el corazón abatido en un corazón agradecido y nos da valentía para dejar que la autoridad de Jesús toque nuestras heridas y estructuras internas. Que hoy, como Ana, podamos llevar al Señor lo que más nos duele; y como la gente de Cafarnaúm, dejarnos sorprender por la fuerza de su Palabra, para que nuestro corazón se regocije de nuevo en el Señor, nuestro Salvador.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍