LA PALABRA CADA DÍA
XXIV Semana Tiempo Ordinario
“La Palabra puede producir los frutos que cambian la historia”
Miércoles, 17 de septiembre del 2025
Color: VERDE o BLANCO
Primera lectura: Tim 3, 14-16
Lectura de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo
Querido hermano: Aunque espero ir a verte pronto, te escribo esto por si me retraso; quiero que sepas cómo hay que conducirse en un templo de Dios, es decir, en la asamblea de Dios vivo, columna y base de la verdad. Sin discusión, grande es el misterio que veneramos: Se manifestó como hombre, lo rehabilitó el Espíritu, se apareció a los mensajeros, se proclamó a las naciones, creyó en él el mundo, fue exaltado a la gloria.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 110,1-2.3-4.5-6
R/. Grandes son las obras del Señor
Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. R/.
Esplendor y belleza son su obra, su generosidad dura por siempre; ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. R/.
Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza. Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, dándoles la heredad de los gentiles. R/.
Evangelio: Lc 7,31-35
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas
En aquel tiempo, dijo el Señor: ¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailan, cantamos lamentaciones y no lloran” Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijeron que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “Miren qué comilón y qué borracho, amigo de recaudadores y pecadores”. Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón.
Palabra del Señor
“La Palabra puede producir los frutos que cambian la historia”
San Agustín, uno de los santos más queridos y profundos de la Iglesia, decía: “Cree para comprender y comprende para creer”, recordándonos que la fe verdadera y madura siempre busca coherencia entre lo que piensa, lo que siente y lo que vive. Esta invitación resuena hoy mientras nos dejamos interpelar por la Palabra, que pide autenticidad y compromiso en toda circunstancia.
Jesús, al hablar hoy a la multitud, no evade la dificultad ni disfraza las exigencias del Evangelio. Lanza una advertencia: no basta parecer religioso ni aferrarse a costumbres externas si el corazón permanece cerrado y la vida no deja espacio al amor. Hay una diferencia sutil pero radical entre la apariencia y la verdad interior. Quien busca la autenticidad está llamado a no conformarse con la aprobación del entorno, sino a buscar, con humildad, vivir según el corazón de Dios.
La instrucción evangélica se expresa en imágenes cercanas: “Tocamos la flauta y no bailan, cantamos lamentaciones y no lloran”. Añoramos a veces que Dios actúe según nuestras expectativas o que el Evangelio se adapte a nuestros intereses; pero la llamada es a una escucha sincera, a una apertura a la novedad que Dios quiere obrar cada día. Solo desde esa actitud humilde y disponible, la Palabra puede producir los frutos que cambian la historia.
El corazón es, en la Biblia, el lugar donde se deciden los caminos, donde se busca la raíz del actuar y del sentir. Un corazón auténtico no es perfecto, pero sí es dócil y capaz de admirar las grandes obras del Señor, aunque sean silenciosas o humildes. Cuando la vida se vive desde este centro vital, la fe deja de ser solo palabras o ritos y se convierte en acción, en testimonio diario, en alegría que ilumina y contagia.
Quien busca vivir desde la coherencia, como lo hizo San Agustín, se convierte en testigo de esperanza para quienes le rodean. El Evangelio no pide perfección inalcanzable, pero sí pide entrega sincera. Hoy, cada uno puede preguntarse: ¿Dónde hay incoherencias que me impiden reflejar la luz de Cristo? ¿En qué aspectos mi vida necesita abrirse más a la verdad que transforma? Caminemos entonces, apoyados en la gracia y la Palabra, para que cada día sea una declaración de fe y un canto sencillo a las grandes obras que el Señor sigue realizando en nosotros y a través de nosotros.
(Guía Litúrgica)