LA PALABRA CADA DÍA
Memoria Obligatoria: El Inmaculado Corazón de María
“Es la fe la que sana, la que orienta, la que nos saca de las tinieblas”
Color: BLANCO
Sábado, 25 de junio del 2022
(O Bien Is 61,9-11, RE. IS 2,1.4-7; Lc 2,41-51)
Primera Lectura: Lam 2, 2.10-14.18-19
Lectura del Libro de las Lamentaciones
El Señor destruyó sin compasión todas las moradas de Jacob, con su indignación demolió las plazas fuertes de Judá; derribó por tierra, deshonrados, al rey y a los príncipes. Los ancianos de Sión se sientan en el suelo, silenciosos, se echan polvo en la cabeza y se visten de sayal; las doncellas de Jerusalén humillan hasta el suelo la cabeza. Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas; se derrama por tierra mi hiel, por la ruina de la capital de mi pueblo; muchachos y niños de pecho desfallecen por las calles de la ciudad. Preguntaban a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras desfallecían, como los heridos, por las calles de la ciudad, mientras expiraban en brazos de sus madres.
¿Quién se te iguala, quién se te asemeja, ciudad de Jerusalén? ¿A quién te compararé, para consolarte, Sión, la doncella? Inmensa como el mar es tu desgracia: ¿quién podrá curarte? Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas; y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte, sino que te anunciaban visiones falsas y seductoras.
Grita con toda el alma al Señor, laméntate, Sión; derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; no te concedas reposo, no descansen tus ojos. Levántate y grita de noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta hacia él las manos por la vida de tus niños, desfallecidos de hambre en las encrucijadas.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 73,1-2.3-5a.5b-7.20-21
R/. No olvides sin remedio la vida de tus pobres
¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados, y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño? Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, de la tribu que rescataste para posesión tuya, del monte Sión donde pusiste tu morada. R/.
Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio; el enemigo ha arrasado del todo el santuario. Rugían los agresores en medio de tu asamblea, levantaron sus propios estandartes. R/.
En la entrada superior abatieron a hachazos el entramado; después, con martillos y mazas, destrozaron todas las esculturas. Prendieron fuego a tu santuario, derribaron y profanaron la morada de tu nombre. R/.
Piensa en tu alianza: que los rincones del país están llenos de violencias. Que el humilde no se marche defraudado, que pobres y afligidos alaben tu nombre. R/.
Evangelio: Mt 8, 5-17
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Les aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
Y al centurión le dijo: «Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.» Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
Palabra del Señor
“Es la fe la que sana, la que orienta, la que nos saca de las tinieblas”
Quizás pudiera parecer un tanto desconcertante lo que el salmista canta hoy: “¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados, y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?” ¿Y cómo es posible que el Dios del amor y de la misericordia se olvide de nosotros? ¿Y cómo es posible que el Señor destruya sin compasión?
La biblia fue escrita por personas que vivían, al igual que nosotros hoy, sus decepciones, angustias, confusiones, necesidades humanas, cercanías y percepciones de alejamiento de Dios en sus vidas…en fin, personas de carne y hueso que interpretaban los signos de sus tiempos y la cercanía subjetiva de Dios. Nada más humano que sentir que hemos sido abandonados. Nada más profundo que pensar que no nos comprenden y que no ha valido la pena lo que hemos hecho. Nada más humano que anhelar lo mejor y de atribuir lo que nos ocurre a fuerzas externas.
Ante nuestras dudas, incomprensiones y deseos no cumplidos tendemos a culpabilizar, a buscar razones que justifican nuestra situación actual. Necesitamos calmarnos exteriorizando nuestro dolor en otros. Dios, sin embargo, no es nada como a veces lo pensamos. Y eso los hagiógrafos – redactores bíblicos- también lo llegan a comprender. A pesar de que atribuimos a Dios lo que llevamos por dentro, los salmistas siempre terminan reconociendo que Dios es todo amor, misericordia, justicia, compasión, alegría, alianza…en fin, lo opuesto de lo que sentían momentáneamente.
Hoy el evangelio nos muestra cómo es Dios a través de las acciones de Jesús. Es un Dios que no desprecia a nadie: pobres o ricos, débiles o fuertes, sanos o enfermos, varón o hembra, locales o forasteros… Hoy Jesús se acerca compasivamente al invasor extranjero sin discriminaciones ni enjuiciamientos. No ve el exterior ni se deja seducir por las voces críticas externas. Más bien, ausculta el interior del centurión, entiende la necesidad del que lo llama, se deja seducir por la fe del soldado y “queda admirado”. Es la fe la que sana, la que orienta, la que nos saca de las tinieblas, la que nos levanta, la que nos hace creer en la fuerza transformadora de la Palabra.
A pesar de los momentos de desconcierto, de angustia o confusión, Dios no se muda. Simplemente se acerca, escucha, ve, convoca y se admira de nuestra fe. Ojalá la admiración de Dios siempre sea de la alegría de saber que hemos seguido su Palabra y hemos obrado desde su amor y compasión.
(Guía Mensual)
“Anuncien a todos la alegría del Resucitado. Aleluya, aleluya” ✍