LA PALABRA CADA DÍA
III Semana de Pascua
“Acércate al Pan vivo”
“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”
Viernes, 24 de abril de 2026
Color: BLANCO
Primera Lectura: Hch 9,1-20
Lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles
En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Fue a ver al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres.
En el viaje, cerca ya de Damasco, de repente, una luz celeste lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Pregunto él: «¿Quién eres, Señor?» Respondió la voz: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que tienes que hacer”. Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión: «Ananías”. Respondió él: «Aquí estoy, Señor”. El Señor le dijo: «Ve a la calle Mayor, a casa de Judas, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista”. Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre”.
El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre”. Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo”. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y lo bautizaron. Comió, y le volvieron las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 116,1-2
R/. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio
Alaben al Señor, todas las naciones, aclamen, todos los pueblos. R/.
Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre. R/.
Evangelio: Jn 6,52-59
Lectura del Santo Evangelio según San Juan
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Palabra del Señor
“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”
“Nunca es tarde para empezar de nuevo”. Esta frase resume la historia de Saulo, el perseguidor que se convirtió en Pablo, el apóstol. Camino a Damasco, lleno de odio y convencido de estar sirviendo a Dios, se encuentra con una luz cegadora y una voz que lo llama por su nombre: “Soy Jesús, a quien tú persigues”.
Queda físicamente ciego, pero esa oscuridad abre en él una luz interior. El perseguidor se transforma en discípulo. Dios no solo lo perdona; lo envía. Esa es la gracia: no solo limpia el pasado, sino que renueva el futuro. Donde hubo violencia, nace la misericordia. Donde hubo rechazo, surge misión.
El Señor llama también a Ananías. Él tiene miedo, conoce la fama de Saulo, pero escucha y obedece. Va a su encuentro, ora por él y se convierte en instrumento de sanación. Saulo recobra la vista, recibe el Espíritu Santo y es bautizado. La conversión no ocurre en soledad; sucede dentro de una comunidad que acoge y acompaña.
Dios nos enseña así que nadie es inútil y que todos tenemos un lugar en su plan. La Iglesia está llamada a ser espacio de curación, de perdón y de misión. Somos enviados a llevar esperanza a quienes se sienten perdidos, excluidos o sin rumbo. El amor de Cristo transforma no solo al que recibe misericordia, sino también al que la ofrece.
El Evangelio nos recuerda la fuente de esa fuerza transformadora: Jesús es el Pan de Vida. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. No se trata solo de un símbolo, sino de una comunión viva. Cristo se hace alimento que sostiene, guía y renueva. En Él encontramos la energía espiritual para cambiar, perdonar y comenzar de nuevo.
Quien se alimenta de este Pan no vive solo para sí. El salmo lo expresa como un llamado misionero: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”. La experiencia del encuentro con Cristo impulsa a compartirlo. No somos salvados para quedarnos quietos, sino para ser luz en medio del mundo.
Hoy el Señor te dice que nunca es tarde. No importa el pasado, los errores o las heridas. Él puede convertir tu historia en misión. Confía en su misericordia, déjate sanar y sé instrumento de paz. Empieza de nuevo. Camina en la luz de Cristo y permite que Él transforme tu vida.
(Guía Litúrgica)
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Cor 13, 13) ✍