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EL POEMA NO USA GUANTES

El signo siempre viene sucio.
Llega
con hollín en las uñas,
con rumor de mercado,
con saliva de barrio,
con una historia mordiéndole los bordes.

Cada palabra
trae gente adentro.

No me vendan la poesía
como un animal sagrado
encerrado en su vitrina de niebla.

También suda en la calle,
también discute en la fila,
también le tuerce el cuello
a la frase.

Un poema se hunde:
arrastra siglos por la boca,
códigos, grietas, deudas,
la respiración rota de su tiempo.
Dice.
Y al decir,
remueve escombros en la conciencia.

No hay verso inocente.
Toda metáfora firma,
afirma, confirma
con el sello de la época.
Toda música
carga su tribu a cuestas.
Y ese yo
que algunos dieron por cadáver,
todavía cambia de máscara en mitad de la página.

No es el autor desnudo.
No es tampoco su abolición.
Es una brasa con pronombres,
una persona de humo,
una metonimia que sangra
cuando el mundo la roza.

Leer
es más que descifrar adornos:

es ejecutar fantasmas,
aceptar un contrato a tientas,
poner tu noche sobre la mesa
para que otra noche responda.

Tú llevas tus ruinas.
Yo llevo las mías.
Y entre ambas
se levanta una voz
que no existía antes del encuentro.

Por eso la poesía
no es lujo,
ni jaula de iluminados,
ni gimnasia del espejo.

Es una forma del nosotros
cuando el nosotros
se queda sin boca.

El lenguaje no cae del cielo.
Viene del taller del hambre,
del beso, del decreto, de la cárcel,
de la madre que llama por tu nombre
como si salvara una casa del incendio.

Mi lenguaje
es la suma total de mí mismo.
Pero ese yo
está lleno de otros.

No hay canto sin roce.
No hay belleza sin intemperie.
No hay poema que se sostenga solo.

Debajo de cada sílaba
hay ceniza común,
hay pueblo respirando en voz baja,
hay una herida
buscando pronunciarse
allí donde el silencio
falla.

Luis Carvajal.

Categorías: Nacionales
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