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“Creer en Jesús es esperar la resurrección” (Lc 20, 27-40): La Palabra del Sábado.

LA PALABRA DIARIA

Sábado, XXXIII Semana. Tiempo ordinario

Color: VERDE

20 de noviembre de 2021

Primera lectura: I Mac 6, 1-13
Lectura del primer libro de los Macabeos

En aquellos días, el rey Antíoco recorría las provincias del norte, cuando se enteró de que en Persia había una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas dejadas allí por Alejandro, el de Filipo, rey de Macedonia, que había sido el primer rey de Grecia. Antíoco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, salieron a atacarle. Antíoco tuvo que huir, y emprendió el viaje de vuelta a Babilonia, apesadumbrado.
Entonces llegó a Persia un mensajero, con la noticia de que la expedición militar contra Judea había fracasado: Lisias, que había ido como caudillo de un ejército poderoso, había huido ante el enemigo; los judíos, sintiéndose fuertes con las armas y pertrechos, y el enorme botín de los campamentos saqueados, habían derribado el arca sacrílega construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes, y lo mismo en Betsur, ciudad que pertenecía al rey.
Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó de tal forma que cayó en cama con una gran depresión, porque no le habían salido las cosas como quería. Allí pasó muchos días, cada vez más deprimido. Pensó que se moría, llamó a todos sus grandes y les dijo: «El sueño ha huido de mis ojos; me siento abrumado de pena y me digo: “¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso!” Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya ven muero de tristeza en tierra extranjera.»

Palabra de Dios

Salmo Responsorial: 9, 2-3.4.6.16 y 19
R/. Gozaré, Señor, de tu salvación

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh, Altísimo. R/.
Porque mis enemigos retrocedieron, cayeron y perecieron ante tu rostro. Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. R/.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron. Él no olvida jamás al pobre, ni la esperanza del humilde perecerá. R/.

Evangelio: Lc 20, 27-40
Lectura del santo evangelio según san Lucas

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.» Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro.» Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor


“Creer en Jesús es esperar la resurrección” (Lc 20, 27-40)

“Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas” porque la esperanza de tu pueblo no perecerá.
Sí, Señor, nuestra esperanza en ti nunca perecerá porque, así como hiciste con el rey Antíoco en aquel entonces, que salió derrotado y humillado ante sus intentos de apoderarse y saquear la ciudad de Elimaida, así también harás con los que intenten deshonrar y destruir a la célula básica de la sociedad que es la FAMILIA.
Unos saduceos, que no creían en la resurrección, cuestionaron a Jesús sobre la resurrección con la intención de criticar, y desprestigiar a Jesús con cinismo e hipocresía. Pusieron como ejemplo una mujer que había estado casada con siete hermanos y que fallecieron los siete.
Creer o no creer en la resurrección nos lleva a adoptar uno de dos estilos de vida: los que buscan la felicidad sólo en esta tierra y los que tienen los ojos puestos en la eternidad. La respuesta que Jesús les da es clara: “después de la resurrección seremos como los ángeles. No viviremos según las leyes de este mundo, incluyendo el casarse.”
Por eso, Jesús nos invita a que asumamos el compromiso por la vida y rechacemos la "cultura de la muerte" y todas sus manifestaciones en este mundo de hoy, desde nuestro estado de vida: casado, divorciado, viudo, consagrado o soltero. Nuestra meta, cualquiera que sea nuestro estado de vida, debe ser buscar la felicidad en esta tierra y tener los ojos puestos en la vida eterna que Jesús nos ofrece. Creer en Jesús es esperar la resurrección.
Los que estamos unidos por el vínculo sacramental del matrimonio debemos tener claro que nuestra promesa de amor es “todos los días de nuestras vidas”; es decir, hasta la muerte. El sacramento del matrimonio nos ata con un lazo y un nudo tal que sólo la muerte puede desatar. Esta unión es en un amor exclusivo, fiel y fecundo para formar una familia.
A través del sacramento del matrimonio estamos llamados a convertirnos en canal mutuo de salvación; estamos llamados a la santidad. Nuestra relación de amor en el matrimonio debe llevarnos a eso: ¡a ser santos! Y si el día que el Señor nos llame hemos alcanzado esa santidad, es de seguro que ya no tendremos ojos para otra cosa que no sea contemplar extasiados el rostro misericordioso y amoroso del Padre, en compañía de la legión de ángeles de la que formaremos parte.
Recordemos, los casados, que la gracia de nuestro sacramento nos confiere un poder especial para reflejar el amor de Cristo por su Iglesia. Cuando así lo hacemos apuntamos al cielo. De lo contrario apuntaríamos al infierno.
Pidamos al Señor que permita que nuestra vida sea un testimonio visible y eficaz de su amor para poner toda nuestra esperanza en alcanzar la santidad y el cielo, para vivir nuestro SER FAMILIA, y honrar a nuestro padre y a nuestra madre. ¡Amén!

(Guía mensual)

“Que Dios llene de paz tu casa y te bendiga grandemente, Él que vive y ama por los siglos de los siglos. Amén” ✍

Categorías: Internacionales
Melvin Mix:
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