LA PALABRA DIARIA
Día VI de la Octava de NATIVIDAD
“Algo se acaba, algo cambia. Que ese cambio sea en las manos amorosas de Dios” (Mt 2, 13-18)
Color: BLANCO
Jueves, 30 de diciembre de 2021
Primera Lectura: I Jn 2, 12-17
Lectura de la primera carta del apóstol San Juan
Les escribo a ustedes, hijos míos, que se les han perdonado sus pecados por su nombre. Les escribo, padres, que ya conocieron al que existía desde el principio. Les escribo, jóvenes, que ya han vencido al Maligno. Les he escrito a ustedes hijos míos, porque conocen al Padre. Les he escrito, padres, porque conocen al que es desde el principio.
Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son fuertes y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y han vencido al Maligno. No amen al mundo ni lo que hay en el mundo.
Si alguno ama al mundo, no está en el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones del hombre terreno, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero– eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 95, 7-8a.8b-9.10
R/ “Alégrese el cielo, goce la tierra”
Familias de los pueblos, aclamen al Señor, aclamen la gloria y el poder del Señor, aclamen la gloria del nombre del Señor. R.
Entren en sus atrios trayéndole ofrendas, póstrense ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. R.
Digan a los pueblos: “El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente”. R.
Evangelio: Lc 2, 36- 40
Lectura del santo evangelio según San Lucas
En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
Palabra del Señor
“Algo se acaba, algo cambia. Que ese cambio sea en las manos amorosas de Dios” (Mt 2, 13-18)
Simeón ayer, la profetisa Ana hoy. Una mujer ejemplar, su testimonio de vida entregada a las cosas del Señor es memorable. Al quedar viuda y volver a la soltería, se dedica por entero a servir al Señor.
Cuántas mujeres no hemos conocido como ella. Pensemos solamente en tantas sacristanas que han pasado por nuestras parroquias ¡Con cuánta dedicación y abnegación han realizado su servicio! Muchas veces siendo incomprendidas por la feligresía, o, a veces por nosotros los pastores. Ana iba al templo y hacía de su oración la cotidianidad. En la oración y la penitencia encontraba su comunicación con Dios y adquiría las fuerzas necesarias para seguir esperando como pobre de Yahvé. Para el activismo religioso era una viuda inútil. Pero su ayuda contribuyó a que tantas personas consideradas incapaces, mantuvieran vivas su esperanza mesiánica. ¿Podría vislumbrarse aquí un anticipo de la vida contemplativa que surgirá siglos más tarde en la Iglesia?
El niño crecía, es decir, pasó por todas las etapas normales del desarrollo de la persona, aprendió a caminar, hablar, a rezar y relacionarse con Dios y con sus hermanos los hombres. Compartía los juegos y risas con sus coetáneos. En fin, el Hijo de Dios, a pesar de ser Hijo, no quemó etapas. La aceptación de la realidad humana le imponía acoger las leyes naturales. De no haber sido así, imposible sería imitarle. Los días finales del año, nos hacen más conscientes de nuestro estado de crecimiento y a la vez de fragilidad. Algo se acaba, algo cambia. Que ese cambio sea en las manos amorosas de Dios, que durante estos días se nos ha manifestado en la fragilidad de un niño.
(Guía Mensual)
“Que Dios llene de paz tu casa y te bendiga grandemente, Él que vive y ama por los siglos de los siglos. Amén” ✍